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“¿Y cuándo se publica esta nota?”

26 de agosto de 2006 por Diego Rottman

Escrito en agosto de 2001 para el Boletín de Periodismo.com Nº 42

Los lectores ingenuos suponen que los únicos artículos que se escriben antes de que los hechos sucedan son los horóscopos, cuando en realidad la planificación es intrínseca al periodismo.

La mayor o menor antelación en la escritura de una nota dependerá de muchos factores, pero hay un género, considerado menor y usualmente esquivado, donde las noticias pueden escribirse varios meses y hasta años antes de que el acontecimiento se produzca: las necrológicas.

Biografía complaciente algunas veces, repaso aséptico de la obra del fallecido otras, la noticia de la muerte de un personaje de notoriedad es preproducida por la mayoría de los medios grandes. En muchos casos el obituario quedará archivado hasta que lo que está allí escrito se confirme en la práctica. Por supuesto que en varias líneas se leerá “XXXX”, que oportunamente será cambiado por el dato de último momento.

Los profesionales del género acumulan anécdotas de famosos que se escandalizan por haber sido elegidos para semejante honor, pero también de otros que se enorgullecen y hasta llaman periódicamente al periodista responsable para mantenerlo al corriente de las últimas novedades de sus carreras.

Tom Bennett escribió para el Atlanta Journal-Constitution unos 400 obituarios por adelantado, cincuenta de los cuales contaron con la colaboración del futuro difunto. Segun él, hay un patrón común a todas las entrevistas “quieren que sus carreras sean entendidas, apreciadas, bien interpretadas. Y que nada quede afuera”. Aunque otras celebridades, como Noël Coward reaccionen distinto. Cuando un periodista lo llamó para recabar “información para ser usada en caso de muerte”, Coward respondió: “Ah, mi necrológica. No me interesa. Cuando se publique ya voy a estar muerto”.

Si la situación es incómoda para los periodistas que deben responder al entrevistado desprevenido que les pregunta cuándo se publica la nota, peor aún es que alguien lea su propio obituario. Cuando esto le sucedió a Mark Twain, eligió desmentirlo con su acostumbrada ironía: “fue una verdad anticipada, un dato inevitable, pero prematuro”. En 1970 el diario argentino Crónica anunció erróneamente el fallecimiento de Fabio Zerpa pero, lejos de rectificarse, al día siguiente publicó una entrevista con el aludido a la que tituló: “El hombre que volvió de la muerte”.

En este sentido, el sitio web Dead People Server es una herramienta muy práctica para periodistas precavidos. Aunque muy localista, mantiene un listado de más de 2.000 celebridades, que incluye enlaces a citas, fotos, libros biográficos, obituarios publicados en los diarios y hasta el sitio web oficial del fallecido. Cada persona ostenta un cartelón rojo con su estado actual (vivo o muerto) y los datos biograficos elementales. Hay también una página especial dedicada a casos como los de Twain o Zerpa. Bob Hope, por ejemplo, murió para el Congreso Norteamericano el 5 de junio de 1998, cuando un funcionario se hizo eco apresuradamente de un cable que la agencia Associated Press había liberado por error del archivo de las necrológicas adelantadas. El borrador se evidenciaba en las primeras lineas donde podía leerse “LOS ANGELES (AP) — Bob Hope, the master of the one-liner and tireless morale-booster for servicemen from World War II to the Gulf War, xxxxxxxxxxxxxxxxxxxx. He was xx. (born May 29, 1903)”. Por esos días alguien burlonamente lanzó “The Bob Hope Dead Pool”, un sitio web donde la gente apostaba el día en que el actor pasaría a mejor vida.

La consolidación de Internet permite una mejor calidad de la información, con bases de referencia actualizadas y confiables y acceso inmediato a especialistas de todo el mundo, pero a la vez multiplica la cantidad y velocidad de los rumores y falsas noticias. En los últimos meses se difundieron a través de la Red las falsas muertes de Britney Spears, Lou Reed y Eminen entre otros.

Este repaso no estaría completo sin el recuerdo de las necrológicas de la casi muerta revista MAD: en lugar de reseñar la vida de personas ilustres, la publicación humorística amplió las fronteras de lo “necrologizable” con obituarios de personajes de TV (Steve Austin, “muerto por obsolescencia”), de costumbres (“las canciones con melodía”), de personajes de merchandising (Ronald McDonald, “muerto de sobreexposición”) y de personajes de historieta (Wally, “perdido y presumiblemente muerto”).


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