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Adentro de la bestia

7 de junio de 2007 por Diego Rottman

No dudando ya que me encontraba en un infierno de periodistas, miré atentamente a los hombres-diarios que vomitaba la rotativa, y mi alma se conturbó sobremanera, porque también yo había pertenecido a esa grey vociferante y andando en mangas de camisa por las redacciones nocturnas, y hundido en tristes papeles una cara verdebiel.

De pronto vi, que uno de esos hombres-diarios, al recobrar la figura humana se dirigía imperativamente a mí y trataba de gritarme algo.

-¡Jefe!-exclamé yo al reconocerlo.

En un esfuerzo gigante por emitir la voz, el hombre desorbitó sus ojos subrayados de bolsas cárdenas: las venas de su frente resaltaron como alambres tensos bajo su piel. Y su ansia cuajó de súbito en un vómito indecible: sapos, lagartijas, culebras y otras alimañas brotaron torrencialmente de su boca, en un paroxismo que lo dejó lleno de sudores, náuseas y lagrimeos.

No bien se repuso, comenzó a decir:

-Dios me ha puesto en vuestra ciudad como un caballo en un noble tábano de pelea…

Un segundo vómito le impidió acabar la frase.

-¡Bah!- repuse yo mientras le sostenía la frente para que vomitase a sus anchas- ¿A qué insistit ahora con la vieja musiquita?

-¿Musiquita?- gargateó él penosamente.

Sus ojos inquietos volaron hacia la rotativa. consultó su gran cronómetro de bolsillo, y luego me gritó en un arranque de furia:

-¡La sexta edición ya está en máquina! ¿Trajo su proyección de sangre?

Tenía que buscar la sangre de cada día para que los lectores de la sexta edición se la bebiesen antes de irse a la cama. Era preciso basurear en el crimen, recoger la salobre inmundicia de los cadáveres mutilados y la de las almas barrosas; luego adobarlo todo con la salsa melopicante de lo sentimental-pornográfico y arrojarle por último a la bestia el manjar impreso del cuerpo siete, con grabados de anatomía patológica y abundantes lágrimas de cocodrilo.

-¿Y qué hay con eso? -replicó el jefe- El hombre atónito de la calle, el hombre chato y sin aventura, necesita esa diaria inyección de violencia. “Dios me ha puesto en vuestra ciudad…”

-Sí, sí ¡Enterremos la vieja musiquita!

El hombre de la calle al terminar su jornada, volvía en otro tiempo al calor familiar para recoger la última risa de sus niños y asomarse a la gracia de su mujer o para echar sencillamente un vistazo a su mundo interior. Era su tiempo de mirar y de mirarse: usted se lo ha robado. Era el solo tiempo que al buey le quedaba para levantar su testuz y saborear algo de la dulzura terrestre: usted le ha escamoteado al buey ese tiempo y le dio como sustitutivo diez páginas llenas de ignominia. (Leopoldo Marechal)


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