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Lo que aprendí: Andrew Graham Yooll

3 de agosto de 2006 por Diego Rottman

Entrevista realizada para el Boletín de Periodismo.com Nº 52, de junio de 2002

Las noticias son la dosis diaria de fantasía.

Los periodistas nos tomamos muy en serio. El periodismo es un oficio y no una profesión. Las profesiones son regidas por títulos y códigos. Y el periodismo es un oficio porque en gran medida no se rige por ningún código, excepto el código de compra-venta: si yo no hago algo bien, no me lo van a comprar, lo que sucede con todo oficio. En ese sentido, un periodista es igual a un tornero. Decir que este oficio es un sacerdocio me parece un exceso…

La sociedad empieza a crear un periodismo de estrellas. Son los sheriffs del momento. Los “starfuckers”, los fornicadores de estrellas.

Los nuevos periodistas se destacan por su tremenda energía. Los cronistas de mi generación llegaban a viejos. Ahora veo que para recoger información en la calle hay que ser más joven. Estar en la calle es estar a prueba permanentemente. De cronista hay que jubilarse a los 29 años y después conseguir un trabajo en la redacción.

Los movileros son prepotentes por encargo, porque los señores que los mandan desde el estudio, son mucho más intolerantes.

Al “Buenos Aires Herald” lo lee gente que quiere información en forma telegráfica y después dedicarse a otra cosa, aquellos que quieren practicar inglés o aquellos que consideran que la mezcla de noticias internacionales que publica el Herald en dos páginas es más completa que la de los diarios grandes. Pero en sus 125 años nunca fue un diario de colectividad. El diario en inglés que fue de colectividad, “The Standard”, se fundió por insistir en limitarse a ese único público.

Yo entré al periodismo para aprender a escribir. Como Hemingway, que es la historia heroica, o como Graham Greene que, quizás por ser inglés, es el otro extremo, el sarcasmo.

Nunca estuve tan aburrido como los años que trabajé en la mesa de redacción del “Daily Telegraph”, en Londres. Pero lo que yo aprendí allí me ha servido para siempre: cómo reducir una pieza periodística a lo que importa.

El periodismo me ha dado el mundo: por exilio, por trabajo y por elección.

En Beijing fundé una revista en chino sin saber una palabra de chino. Dirigía una revista en Londres y sus propietarios me mandaron a China para que hiciera una versión de esa misma publicación, pero allí. Lo único que entendía en esa revista era mi propio nombre… aunque también eso me lo habían traducido. Siempre me veían de mal humor y a los gritos y ellos irónicamente me pusieron un nombre cuya traducción era “el hombre de gran calma”.

Como corresponsal de guerra pude aprender que uno nunca tenía la información. En un conflicto bélico hay demasiados frentes: externos, internos y hacia el interior del medio, en la mesa de redacción, donde la gente también toma partido.

Mientras que en Europa la guerra “hace” periodistas, en América latina un periodista se consagra por denuncias de corrupción. Después de 1982, en Inglaterra a mí no me presentaban como “Andrew Graham Yooll, el periodista del ‘Buenos Aires Herald’ o del ‘Daily Telegraph'”, sino como “Andrew Graham Yooll, el que cubrió la Guerra de Malvinas”. Pero se trata de una sociedad que tiene una historia de pueblo guerrero, cosa que no pasa en América latina, donde diez días despues de “La Guerra de los Seis Días” los periodistas estaban rascándose la cabeza para tratar de entender qué había sucedido.

Me fui de Argentina en 1976 con una preocupación enorme por las fechas y los datos. Estábamos perdiendo la memoria, como efectivamente nos sucedió. Entonces, una cronología tan precisa (“hubo diez asesinados el 4 de marzo a las 15:30”) era la única forma de conservar la información en Argentina. Cuando llego a Inglaterra veo otro modo de hacer periodismo: para leer ahora y para tirar a la basura cuando termina el viaje en tren. Ahí no van las fechas, se pone “recientemente”. Con ese nivel de precisión alcanza. El historiador se encarga de la fecha exacta en la cronica oficial al final del año. A ellos les importaba un pepino el dato temporal, porque siempre iba a haber alguien que les iba a proveer la fecha y hora exacta que necesitaban.

Siempre la autocensura es peor que la censura. La autocensura es un acto moral que el periodista se impone, mientras que a la censura el periodista se enfrenta, y hasta se puede divertir. Nos parece graciosísimo joder a un funcionario publicando algo que justamente había pedido que no se publicara. La autocensura da lugar al remordimiento: “si yo hubiera dicho eso, no podría haber logrado que las cosas fueran un poco mejor?”. En la Argentina de los ’70 el miedo era parte de nuestra vida y caminaba con nosotros como una sombra todos los días, ahí venía el “uyuyuy, mejor no digo esto”. Me debe haber pasado miles de veces.

En la profesión sólo tengo una certeza: que hay que llegar al cierre de mañana.

En julio (N. de la R.: de 2002) voy a recibir de la reina la Orden del Imperio Británico. Ellos dicen que me premian por “servicios al periodismo”. A mí me gusta pensar que están premiando una secuencia interminable de borracheras, cierta irreverencia y quizás, también, cierto amor por la gente.


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