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Lo que aprendí: Homero Alsina Thevenet

2 de agosto de 2006 por Diego Rottman

Esta entrevista puede leerse como una adenda a “Algunas sugerencias para periodistas modestos”, que Alsina Thevenet publicara en Una enciclopedia de datos inútiles.

Mi padre fue periodista, como crítico teatral y como director del suplemento dominical de “El Día”, entre 1932 y 1969, creo. Nunca puso su nombre como director y cuando le pregunté sobre el punto me dijo que la empresa (los Hnos. Batlle Pacheco) decidía lo que se publicaba o no se publicaba en el suplemento. Con lo cual, él se tiró a menos. Era mejor no figurar. Eso hoy se llama “perfil bajo”. No quiso las glorias ni las culpas. Y algo aprendí de eso. Lo que importa es el producto, la cosa publicada. El autor es secundario. No tiene por qué ser anónimo aunque, en la práctica profesional, alguna vez le convenga serlo. Y en todo caso, la primera persona en los verbos es fatal. Genera la pedantería. Y no me hagan poner nombres propios, pero los tengo a mano.

En “El País Cultural” procuramos eliminar la primera persona de todo artículo. Se la mantiene en las entrevistas (es inevitable). También eliminamos los signos de interrogación (¿?), porque creemos que el lector quiere respuestas y no preguntas. No las podría contestar. Mantenemos los ¿? en las entrevistas (también es inevitable). Aspiramos a una prosa informativa, directa, que (como alguna vez pidió Tomás Eloy Martínez) tenga en cada línea un dato, en cada párrafo una idea. La información no excluye agregar ideas propias, si las hubiere. Procuramos retocar las frases muy largas, los párrafos muy largos, los paréntesis muy largos. Pensamos en el lector y especialmente en el lector de diarios que compra el Cultural, quizás sin desearlo, cuando compra “El País”. En el promedio, ese lector tiene poca paciencia con la prosa difícil o elaborada, con el exceso de adjetivos y/o adverbios, con el desvío del escritor a temas laterales. Alguna vez escribí que el lector no es nuestro amigo sino un enemigo potencial, que se escapa de nuestra prosa apenas cree que entendió. Y por eso no ponemos copetes a las notas, aunque los piden todos los diagramadores. Mucho lector lee título y copete, mira la foto y sigue de largo. La cosa es atraparlo antes. Para lo cual, la nota debe tener un comienzo seductor.

Soy adversario de la diagramación moderna, que fija tamaños de antemano y “dibujitos” a rellenar. Los criterios de esa diagramación llevan a poner en 50 líneas un tema que sólo merecía 35 o, a la inversa, cortar un texto de 50 porque sólo caben 35. Lleva a títulos artificiosos (“aquí me ponés 2 de 58”) aunque el mejor título pueda ser otro de dos palabras. En estos días (N de la R: abril de 2002), aludiendo a los difíciles tratos de la economía argentina con el ejecutivo indio del FMI, “Página/12” tituló, sabiamente, “Sí, Bwana”, donde otros habrían titulado algo así como “En el gobierno aprobarían algunas medidas propuestas por el delegado del FMI”.

Las Escuelas de Periodismo están muy bien para algunas cosas, como la legislación del ramo, la pericia en máquinas de escribir y sus anexos, la solvencia en ortografía y gramática. Demasiados novicios escriben mal los nombres propios (Massachusetts, Guinness, Marilyn) y le erran a palabras del castellano (exhorbitante por exorbitante, deshechos nucleares por desechos nucleares, hilación por ilación). Si las escuelas exhortan a escribir textos bajo un profesor exigente, mejorarán coherencia y comprensión, quizás estilo. Pero si los chicos quieren además hacer periodismo, deben meterse en un diario o revista en “pasantía”, aguantar humillaciones, esperar oportunidades, empezar de abajo, corregir pruebas. O sea que ningún Manual Para Andar En Bicicleta puede servir tanto como montarse en la bicicleta y caerse un par de veces. He tenido “pasantes” en “Página/12” y luego en el Cultural. Todos ellos, sin excepción, se declararon mejorados y hasta orgullosos de la experiencia. Las Escuelas de Periodismo son a la Facultad de Derecho lo que el periodista práctico es al abogado en funciones.

Internet tiene limitaciones parecidas. No llego a saber quién tira tanta información a esa pantalla y casi toda ella es útil. Pero no debe ni puede suplir a la cultura de quien consulte, así que hay que mirarla con ojo crítico. En su momento debí hacer una nota sobre la película “Titanic” y consulté Internet para saber qué otras versiones se habían hecho del naufragio de 1912. Yo tenia mi lista, desde luego. En la de Internet no apareció “A Night to Remember” (inglesa, 1958), que era una excelente recreacion del caso, y eso se debió a que Internet rastreaba bajo la palabra Titanic. Y en cambio me daba “Titanic Orgy” (literalmente Orgía Titánica) que era un film porno, ajeno al caso. Puse ese divertido punto en mi nota.

El archivo del periodista es indispensable, desde luego. Eso es cierto para el cronista deportivo, porque de pronto necesita saber cuántos goles hizo Fulano el año pasado. Agreguemos los antecedentes indispensables para quien haga política, policiales, gremiales o carreras. Y lo mejor es que cada cronista haga o supervise su archivo.

He escrito algo de cine y debo ratificar aquí que el archivo de cine es absolutamente imprescindible, y no solamente por las fichas técnicas de películas antiguas sino por artículos, de varias décadas atrás, sobre directores, productores, temas, estilos, tendencias. Quien no cumpla con ese conocimiento no estará capacitado para una buena reseña sobre “Apocalypse Now” (1979), sin hablar de lo que debería saber sobre Vietnam. El oficio me ha llevado, hace ya tiempo, a la convicción de que el cine visto desde la platea (imprescindible) no aporta todo lo que debe saberse para escribir al respecto. Detrás de la pantalla, invisibles para el novicio, quedan los productores, las adaptaciones, las deformaciones de algunas historias reales o de novelas, la censura. Quien se conforme con lo que ve desde la platea terminará con pronunciamientos personales (comedia divertida o aburrida, drama inverosímil, aventura demasiado larga) y eso sería una mala evaluación, una mala credencial para un crítico.

La critica cinematografica es hoy menos útil que antes. Me explico:
1) Entre 1950 y 1970, era posible escribir cada semana del último Kazan, Kubrick, Wyler, Cukor, Huston, Wilder, Rossellini, De Sica, Lean, Reed, Visconti, Bergman, Truffaut, Satyajit Ray o algún ignoto film húngaro, polaco, checo, yugoslavo. Teníamos cine europeo, remember. Desafío a que me muestren un repertorio parecido en las últimas dos décadas. Ha bajado el nivel y por tanto ha bajado el nivel de la crítica. Demasiados autos que explotan, demasiados chiches fotográficos de los laboratorios. Poco que decir al respecto.
2) Aun así, con el film en cartel durante más de una semana, la crítica puede servir para mucho espectador. Pero el cine ha mudado su domicilio. No puedo hacer crítica de lo que se dio en TV Cable porque ya no está en cartel, o lo estará otra vez, dentro de veinte días, a las 4 de la mañana. No puedo comentar el material de video (hay mucho y bueno) porque eso llevaría a hacer un catálogo en libro y no una reseña en diario o semanario.
3) Los diarios me confirman que poca gente lee crítica. Lo hacen al exigir notas cortas y al reducirlas a una píldora de pocas líneas, con 3 o 4 estrellitas de calificación, que son a su vez otra arbitrariedad poco didáctica.

En la película “El ciudadano” conocí a Charles Foster Kane como un magnate ruidoso, honesto en alguna cosa, tramposo en otras, pero de su periodismo supe muy poco. Seguramente era colosal para supervisar el trabajo ajeno, pero no es seguro que escribiera muy bien. Me gustó, sin embargo, que terminara la nota (contra su propia mujer) que su colega borracho no había podido completar. Me gustaría trabajar con él, pero no BAJO él.

Uno de mis principios es dejar reposar la prosa hasta el día siguiente, si se puede. Otro es evitar adverbios inútiles. Sé que hay que evitar las vaguedades, los comodines (“de alguna manera”, o “de algun modo”, o “concretamente” o “en otras palabras”). Sé que un periodista que escribe “sin duda” ya está dudando.

(Entrevista: Diego Rottman para el Boletín de Periodismo.com Nº 51, de mayo de 2002)


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