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Sobre la revista Orsai (segunda parte)

19 de enero de 2011 por Diego Rottman

Miren las tapas de estos libros:

Si tuviera que buscar adjetivos que agrupen a esas tapas serían vitales, divertidas, explícitas, emocionales.

Ahora miren la tapa de esta revista:

Si tuviera que buscar adjetivos para esta tapa serían: apagada, solemne, enigmática, cerebral.

Los libros y la revista tienen un mismo nombre detrás: Hernán Casciari. La revista, como ya contamos, es uno de los fenómenos editoriales más llamativos de los últimos tiempos. Con la versión digital ya disponible es hora de preguntarse ¿está la revista a la altura de todo lo que la rodea?

Luego de mirar la tapa y prejuzgar, lo siguiente que hago cuando recibo mi ejemplar es olerla, hojearla en abanico y buscar el señalador. Después, la imagen. El diseño parece anticuado, formal. La impresión, impecable. Las imágenes deslumbran. Orsai está estructurada como una unidad, con una entrada escrita por Casciari y una sobremesa escrita por el Chiri Basilis a modo de prólogo y epilogo de cada nota, que las va enlazando entre sí. Esta sea tal vez la única innovación que tiene la revista. Como Carlos Morelli y Rómulo Berruti en Función Privada, Jorge y el Chiri ponen en contexto a los autores o justifican un tema.

La ausencia de publicidad, el río de texto y la obstinación en no ocuparse de la agenda de la prensa convierten a Orsai en un oasis para refugiarse. Sumado al lomo cuadrado y la cantidad de páginas, está más cerca del libro que de una revista.

Quien haya comprado Orsai para leer a Casciari, poco encontrará más allá de esos breves textos y un par de historietas. Se deduce que publicará en próximos números un relato de 18 páginas sobre el histórico gol de Maradona a los ingleses. Pero en esta ocasión al menos, Casciari prefirió hablar por sus elecciones, un fiel reflejo de sus obsesiones.

El contenido se divide en crónicas periodísticas, notas de opinión/ensayos, historietas y relatos, todos géneros abordados alguna vez por Casciari. No hay poesía, ajena al mundo Casciari. Los temas predominantes son los libros, el fútbol, el sexo, Mercedes, España, los hijos y las series. No hay lugar para la música o la actualidad, temas de los que Casciari no suele ocuparse. Casi todos los autores son hombres, de Argentina y España y rondan los 40 años, mismo sexo, nacionalidades y edad de Casciari. ¿Disfrutará de Orsai una adolescente colombiana?

O sea, pese a que Casciari escribe poco, Orsai es una verdadera revista de autor. En el texto de cierre, con los legales, dice: “Mi abogada me aconseja dejar constancia de que la opinión de los autores no refleja necesariamente la mía, porque soy el editor responsable, etcétera. Pero en este caso no es así: será por una cuestión generacional, pero yo pienso lo mismo que los autores de este número, por lo tanto suscribo cada palabra”.

Lo generacional atraviesa toda la revista explícitamente, pero también inconscientemente. Se habla de Mad Men a lectores que jamás lo vieron, desde cero, pero casi no se explica quién es Altuna, como si todos supieran qué es el Loco Chávez. Tal vez un lector joven podría hacerse un juicio más cabal de quién es este genial dibujante con una historieta olvidada como Charlie Moon que con algunos bocetos de mujeres en bolas. Pero uno de los mandamientos de Orsai es que todo el material debe ser inédito.

En el “Antidecálogo para guionistas” Sergio Barrejón bromea: “Si yo fuera un exitoso guionista de cine, no escribiría esto [en Orsai], sino en El País”. En realidad, la idea de Casciari es justamente lo opuesto: hacer un medio donde los talentosos no sufran las limitaciones de los medios tradicionales. Pero una revista así no debería tener notas que ya aparecen en los medios tradicionales y que olvidamos apenas terminamos de leer. Y en el número 1 de Orsai hay, al menos, un par así. Las notas que más me gustaron son las que jamás podrían salir en  la revista dominical de El País: la narración de Rafa Fernández y el texto sobre Henry Darger, precisamente el único que no conformó al Chiri. De esas dos notas me voy a acordar dentro de un tiempo.

Pero tampoco es una revista literaria como las que estamos acostumbrados. Por suerte. Salvo algunas partes del email de Mairal, es saludable que no se trasladen a Orsai los debates masturbatorios y excluyentes de las carreras de Letras y que opten por cagarse en el canon de los previsibles. El único vicio que aparece en alguna crónica es cierto estilo canchero de escritura, que no a cualquiera le sale bien.

En buena parte del diálogo que abre este número, el editor responsable y el jefe de redacción tiran ideas alocadas, una tras otra, para implementar en la revista: sacarle la numeración, poner un espejo en la página central, titulos triunfalistas en tapa, pero terminan descartándolas a todas. “Capricho de un gordo drogado”, le dice el Chiri al Jorge. En la misma página elogian el diseño (“minimalista”, lo definen) y la tapa (“invernal”). De a ratos da ganas de que la revista tenga más caprichos de gordo drogado y menos cosas minimalistas e invernales.

Es que son esos caprichos los que hicieron de Casciari un autor diferente. Cuando se presentó uno de sus libros en Buenos Aires, el Chiri recordó esta anécdota:

Una vez en quinto grado, en la hora de Lengua, la señorita Nélida nos pidió que completáramos una historia a partir de esta consigna: “los exploradores apartaron las ramas, y detrás apareció la ciudad perdida”.

Toda la clase continuó con la historia de los exploradores. Hernán se quedó en las ramas, y contó la historia de dos hormiguitas que cayeron al vacío, a causa del manotazo de un explorador. En ningún momento habló de la ciudad perdida. Las únicas protagonistas del cuento fueron esas dos hormigas.

El número 2 de la revista Orsai debería tener a esas dos hormigas en la tapa.


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