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76-83-06

24 de marzo de 2006 por Diego Rottman

Todo argentino se relaciona con el Proceso de alguna de estas tres formas:

Un primer grupo, que lo vivió siendo adulto
Un segundo grupo, que lo vivió pero era muy chico
Un tercer grupo, al que se lo contaron

El primer grupo hoy tiene más de 45 años, el segundo está entre los 45 y los 30 y el tercero agrupa a los que tienen menos de 30 años.

El Proceso es, para cada uno de estos tres grupos, diferente. No es lo mismo saber de un choque estando adentro del auto chocado, que siendo testigo, que habiéndose enterado por el vecino.

El primer grupo se enteró de lo que pasaba por los medios. El segundo grupo se enteró de lo que había pasado por los medios. El tercer grupo se está enterando de lo que pasó por los medios.

El primer grupo leyó medios cómplices primero, leyó medios revisionistas después y ahora lee medios que abiertamente repudian lo que pasó.

El segundo grupo conoció la autocrítica de los medios después de 1983 y ahora ve (y produce) los documentos periodísticos que prepararon los medios para este aniversario.

El tercer grupo (sobre todo los más chicos) va a conocer al Proceso por los documentales elaborados por el segundo grupo con testimonios del primer grupo.

Los medios encubrieron cuando el gobierno de entonces encubría, revisaron cuando el gobierno de entonces revisaba y condenaron cuando el gobierno de ahora condena.

Yo pertenezco al segundo grupo. Empecé la primaria en 1976 y la terminé en 1982. Cuando Perfil decidió reeditar el “Diario del Juicio” fui uno de los que condensó las desgrabaciones de los testimonios del Juicio a las Juntas. Así conocí el Proceso: reviviendo el horror de cada secuestrado en el Olimpo o en la Escuela de Mecánica de la Armada a través de sus relatos. Pero, a la vez, teniendo que decidir si una frase era muy larga (¡o superflua!) para la extensión que ese testimonio tenía asignado y pendiente de la fecha de entrega.

La avalancha de material periodístico que produjeron los medios estos días condenando al Proceso debería ser digna de alabanza. Sin embargo hay algo de plástico y perturbador en todo lo que veo, que me resulta difícil de explicar. Me resultaba coherente leer “Miseria de la prensa del Proceso” en la revista Hum®, pero me inquietan los testimonios de los desaparecidos en los mismos programas que presentan los escandaletes de Nazarena Vélez. Tal vez sea que, como dice Tomás Abraham, no quiero que se abarate la palabra genocidio.


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