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Elogio del machete, la rateada y otras atrocidades

26 de febrero de 2011 por Diego Rottman

Durante mucho tiempo estuve rastreando sin éxito una nota de Daniel Samoilovich, “Elogio del machete, la rabona y otras atrocidades”, aparecida en la revista Hum® & Juegos en los años ’80. Tengo la colección de esa revista, pero no encontraba la nota. Tampoco está online. Hasta que hace poco, bajándome todos los números de la revista Cacumen (versión española de la Hum® & Juegos) la encontré con el agallegado título de “El hacer novillos, la chuleta y otras atrocidades: su apología”. Y ahora, aprovechando el comienzo de clases, la rescato para Internet con pequeñas adaptaciones, como en su momento con Contribución a la crítica de la verdad periodística y El bulo de Merlín.

En la última cena promovida por SO.PA.DE.A.C.E.L.G.A. (Sociedad para la Defensa de las Artes, las Ciencias, las Empanadas y la Alegría), a la hora de los postres, el Sr. Daniel Samoilovich se levantó -o al menos, intentó levantarse, porque hay que decir que se había bebido algo más que sopa de acelga- y obsequió a los asistentes con el siguiente discurso:

El machete, como toda persona civilizada sabe, es ese pedacito de papel en el que uno anota lo esencial de un tema o lo más difícil de recordar, a fin de disponer de esa información en el momento adecuado (o sea, en los exámenes).

Mi tesis –la que hoy vengo a exponer aquí, y a defender contra todos los obtusos detractores del machete- es que ese pedacito de papel debe ser festejado como uno de los más adecuados instrumentos de educación y aprendizaje. Las técnicas para la construcción de machetes deben cultivarse con esmero, y propagarse sin egoísmo; un elogio del machete no debe faltar en ninguna ceremonia de fin de curso, y en cada patio de cada colegio debe haber un Monumento al Machete, adecuadamente conservado y limpio de todo testimonio de la actividad digestiva de las palomas.

La razón es simple: libera a su usuario de saber cosas de memoria, con lo cual le deja más tiempo para las artes, las ciencias, las empanadas, las letras y la alegría: en fin, la vida.

El proceso de construcción de muchos machetes, por otra parte, se parece mucho más al proceso de verdadero aprendizaje que la memorización. Cuando un estudiante construye una síntesis de un tema que cabe en la parte de atrás de una regla, está aprendiendo mucho más que si estudiara el tema entero de memoria con puntos y comas: sencillamente, para sintetizarlo de ese modo tiene que entender de qué se trata, cosa que no siempre pasa con los memoristas.

Otro caso es el de los machetes que ahorran retener fórmulas. Porque, realmente, ¿qué valor tendría retenerlas? Mucho más importante es, por cierto, saber usarlas (y eventualmente, poder deducirlas). El constructor de machetes conserva su mente limpia para resolver problemas, teniendo a mano (o escritos en la mano) los instrumentos necesarios: no otra cosa haría cualquier científico serio.

Veamos finalmente los machetes que guardan listas de fechas, o los accidentes geográficos de la costa este de Canadá. En este caso, si bien el machete no sirve para nada positivo, tiene un alto valor negativo, y debe ser festejado como una justa negativa a la pretensión de que uno aprenda cosas semejantes. El macheteador, en suma, no hace más que aplicar concienzudamente esa hermosa frase de Einstein: “No acostumbro atiborrar mi cabeza con cosas que puedo encontrar en cualquier libro”.

Del mismo modo, una adecuada renovación de la educación debe revalorizar los siguientes ítems:

La rateada: Un día fuera de la escuela con los compañeros es una aventura de la libertad, y una refrescante mirada al mundo al cual tantos colegios permanecen herméticamente cerrados.

Además, permite llegar a tiempo a la salida de otros colegios, por lo que tiene un valor de socialización muy positivo desde el punto de vista de la formación emocional de la persona. ¿O hay entre los presentes en esta augusta y bien bebida cena alguien que piense que vale más la historia de los gliptodontes que la compañía elegida de una dama? Si eso piensan, Dios los perdone, pues no saben lo que piensan.

Y ya que de gliptodontes hablamos, recordemos algunas célebres rabonas. Fue haciendo la rabona con sus compañeros como el adolescente Alfred Jarry creó, junto a ellos, el personaje del Padre Ubú, moderno héroe del egoísmo, modelo brutal, infantil y voraz de la burguesía. De aquellas rabonas nació, pues, una idea que Jarry iba a transformar en tres obras de teatro (Ubú Rey, Ubú Encadenado y Ubú Cornudo) que son consideradas como el acta de nacimiento del arte del siglo pasado.

La rateada, señores, debe ser prestigiada, promovida, enriquecida. Los cines deben permitir la entrada gratis, o a precios reducidos a los que se ratean. Sería un esfuerzo poco costoso -a primera hora de la tarde los cines están vacíos- y de gran valor social. Personalmente, debo mi acendrado amor por el cine a un acomodador del Cine Arte de Buenos Aires que me dejaba colar, en atención al hecho de que me estaba haciendo la rabona.

Sería útil que los profesores de matemáticas acompañaran a su alumnado a hacer rabona a las piscinas, a fin de que pudieran aprovechar la interesante práctica que allí realizan en relación con la descomposición de fuerzas y geometría plana. En cuanto a los alumnos, opino que deberían cuidar la calidad de sus rateadas, especialmente en cuanto al aspecto financiero: ya que si bien es cierto que, como dice Unamuno, los placeres más exquisitos son a menudo los más baratos, también es verdad que las rateadas sin un solo peso en el bolsillo son más bien tristes.

De modo que no veo por qué no se organizan fiestas y rifas destinadas a juntar fondos para tener rateadas más felices, del mismo modo que se hacen para los viajes de fin de curso. Hay que cuidar la alegría todos los días, y no sólo la de un período del año.

Las distracciones. Distraerse cuando a uno le quieren asestar una información, concepto o perorata de cualquier especie es un legítimo derecho a la autodefensa frente a una agresión francamente inusitada. Siendo imposible irse físicamente de una clase aburrida, uno retiene aún el inalienable derecho de irse mentalmente.

Sin embargo, amigos míos, un derecho nada es si uno no encuentra el modo eficaz de ejercerlo. Por eso, les ruego me permitan leerles el siguiente fragmento de un bellísimo libro del astrónomo y escritor Fred Hoyle que, además de consagrar el derecho a distraerse explica cómo ejercerlo: “Una vez que descarté una cantidad de clases como inútiles, me encontré con que tenía muchísimo tiempo para pensar en toda clase de cosas interesantes en el colegio. Era absolutamente necesario, sin embargo, evitar el crimen atroz de no prestar atención. En mis días, uno inevitablemente sufría castigo físico por no prestar atención. Si uno lo hacía estúpidamente, por ejemplo mirando por la ventana alguna formación de nubes interesante, inevitablemente se desataba una tormenta de golpes sobre la propia cabeza. Para alguien más bien frágil como yo, no era cosa de dejarse golpear, de modo que yo evitaba las cosas interesantes más allá de las ventanas, y las buscaba en mi cabeza. Incluso esta precaución no era suficiente, porque los profesores a veces pretendían que uno repitiera lo que ellos acababan de decir. En tanto uno fuera capaz de hacerlo, se aceptaba sin más que uno estaba prestando atención. De modo que yo aprendí a dejar que mi cerebro, independientemente de su ocupación auténtica, reservara un lugar para registrar las últimas diez o veinte palabras del profesor. Cada nueva frase borraba la anterior, en forma tal que la disponibilidad mental que había que reservar no era mucha, y la apariencia de legalidad era perfecta. Este descubrimiento me permitió ganar muchas horas de gloriosa contemplación“.

Antes de seguir con este largo elogio, quiero hacer una breve digresión. Ya hace años que escribió en un periódico español un artículo el escritor Juan Goytisolo, en el que relataba algo que le había tocado ver en el subte de Madrid. Un grupo de jóvenes con uniforme estudiantil –cuenta- hablaba de cine, mientras otro grupo, no muy lejos del primero, los miraba asombrado.

“Resultaba evidente –dice Goytisolo- que los que hablaban habían visto mucho cine, y lo habían visto bien. El diálogo era animado y rico: mientras sucedía, los otros, no muy diferentes en edad ni en aspecto, permanecían callados. Al llegar a una estación, el primer grupo se bajó; uno de los del otro grupo, que seguía viaje, quebró al fin el mutismo haciendo a sus compañeros el signo de retorcerse un dedo en la sien. Evidentemente, esos que sabían tanto de algo, no importa de qué, debían estar locos. Es evidente que para muchos jóvenes, cualquiera que se interese mucho por algo es un desequilibrado, y cualquiera que estudie es casi un alcahuete. Notoriamente, en ese clima no se puede aprender ni enseñar nada”.

Lo que dice Goytisolo es mi entender cierto. Falta saber a qué se debe esto y cómo remediarlo. Dejo las causas a otros más versados en el tema y doy mi propuesta: la enseñanza debe sencillamente darse la vuelta, en concepto, prioridades, orden de los programas, etcétera. Hay que partir de lo que efectivamente interesa a los chicos para remontarse a lo más lejano; de la política contemporánea a la historia antigua, y no al revés; de los libros que se leen por puro gusto irá naciendo, si se sabe provocarlo, el interés por la historia literaria; con las historietas hay mucha tela que cortar y no es difícil entrar en el campo de la comunicación social; esos juegos que se hacen en las horas libres sobre papel cuadriculado implican muchas cosas, en lógica y en topología.

¡Claro que es más difícil arrancar la enseñanza de la vida práctica y real que enseñar a partir de los libros de texto! Pero los que se empeñen en esto último, están condenados: allí está el machete vengador, las implacables rateadas, la imbatible distracción para derrotarlos.

También puede ser que no les importe, pero prefiero no prejuzgar. De hecho, la dictadura no sólo marginó o eliminó las voces renovadoras que sonaban más alto, sino que también eliminó o postergó el ansia de renovación que podía haber en cada uno.

Pero ahora, las cosas deben cambiar, y cada uno es responsable de hacer lo posible para que cambien. En favor de las Artes, las Ciencias, las Empanadas, las Letras y la Alegría.


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