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La audiencia ideal

29 de octubre de 2009 por Diego Rottman

Tapada por el debate sobre la Ley de Medios, Víctor Hugo Morales deslizó en una entrevista una interesante opinión sobre sus oyentes:

Todas las radios tenemos sectores de oyentes de los cuales quisiéramos despojarnos, por lo menos yo. A mí no me gusta el oyente que es partidario de la pena de muerte, que no te permite plantear con naturalidad el tema de la despenalización del aborto, no me interesa el oyente que cuando matan a alguien sale a pedir que los menores de doce años tienen que ir presos a Siberia. Entonces, si a esa gente que en algún momento le caía bien porque criticaba al Gobierno por el tema del campo o como estoy contra el Gobierno en los casos de corrupción, ahora me ve mal porque siendo el mismo tipo y sin ninguna fuerza exterior en pugna estoy a favor de una medida, esa gente no me importa. Los oyentes que yo perdí por la Ley de Medios, estoy contento de haberlos perdido. A mí no me importa ese riesgo.

Todos los medios, pero en especial la radio, se caracterizan con un servilismo hacia su público. No importa la estupidez que diga el llamador consuetudinario, hay que "cuidarlo". Pergolini en sus comienzos, Baby Etchecopar o "el Loco de la Colina" son de los pocos que se animaron a contradecir al soberano radioescucha. En sus shows de stand up comedian Larry David tras examinar al público podía abandonarlo porque, afirmaba, no iban a entender su monólogo.

Pero los medios lucran con la audiencia y espantarla en malón como se propuso Víctor Hugo estos días no lo puede hacer cualquiera. En otro reportaje explica:

A mí, y a los que creemos en la ley, el Gobierno quiere hacernos un regalo: hacer saltar por el aire a un grupo de mafiosos escudados detrás de la libertad de prensa. La persona que no me escuche porque digo esto es cómplice de ese grupo de mafiosos. Ese oyente a mí no me interesa. Si ese oyente son muchos y pierdo audiencia y por eso la radio en la que trabajo no prolonga mi contrato, es un riesgo que asumo.

¿Cuántos pueden tomar ese riesgo? Es más, ¿hubiera tomado ese riesgo Víctor Hugo cuando empezaba su carrera?

En los comienzos, la prensa política apuntaba a los afines, pero también a persuadir a los ajenos. Cuantos más fueran los convencidos, mejor. Con la llegada de la prensa comercial, la máxima masividad también fue una meta a conseguir: más lectores, más avisos.

Con los medios digitales, las nanoaudiencias no suenan, por primera vez, descabelladas. Es más, hasta un blog unipersonal bien segmentado puede ser más rentable que un diario online con una redacción sobredimensionada. Y quien emite el mensaje tiene las herramientas para filtrar la IP de los lectores indeseables, cerrar los comentarios o borrar las acotaciones de los trolls.

Pero como con los diarios y los medios audiovisuales, no hay forma de controlar con exactitud quiénes son nuestros lectores. El diario ojeado en el bar, el programa de tv visto desde la bicicleta fija del gimnasio, el post de un blog leído por el que llegó desde Google buscando una combinación alocada de palabras. Audiencia casual, de segunda. Yo, por ejemplo, jamás imaginé que entre mis lectores tendría tal cantidad de fans de Luisana Lopilato o de candidatos a policía.

Existe un espacio que contempla la posibilidad de emitir un mensaje a una audiencia avalada totalmente por el emisor: Facebook. Ahí quien comunica algo no solo sabe exactamente a cuántas personas se lo dice, sino que también conoce -como mínimo- todos sus nombres y apellidos. Puede admitir a quien quiera y rechazar a quien quiera. Puede ir a buscar a un receptor específico para incorporarlo. Y hasta puede segmentar su mensaje en subgrupos. Y sin audiencia de segunda.

Asi que Víctor Hugo, ya sabe. Si lo echan de Continental, ábrase una página en Facebook.


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