Gay Talese, la palabra del dios del periodismo en diez frases (más o menos) – ABC.es

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Gay Talese, la palabra del dios del periodismo en diez frases (más o menos)

Gay Talese, un dandy del periodismo que nunca dejó de pisar la calle

Iba a ser una entrevista, aunque acabó siendo algo diferente. Un ejercicio. Tenía una hora con Gay Talese, el hombre al que Tom Wolfe atribuyó la creación del Nuevo Periodismo. El hombre que en su último libro, «Vida de un escritor», reconoce que aprendió de su madre a escuchar, a no interrumpir cuando alguien habla porque «en sus momentos de duda e inseguridad la gente suele revelar muchas cosas».

El periodista más literario −pero siempre periodista, siempre fiel a los hechos− se presentó en el lujoso Pierre Hotel de Nueva York vestido con un traje de tres piezas beige y un sombrero: una de sus características fedoras.

Siguiendo su consejo, el ejercicio consistió en dejar que Talese hablara, explorase sus ideas, reflexionase sobre sus últimas obras y su contribución al periodismo. Inmerso en su propio juego, Talese charló durante más de una hora en la que no fue interrumpido en ninguna ocasión. Sus palabras fluyeron con naturalidad por el sinuoso camino de su historia, la Historia y las historias que nos ha hecho llegar a lo largo de 60 años de carrera.

Habla, pues, Gay Talese

1. «Yo mismo no soy la mejor de las historias»

«»Vida de un escritor»» es un libro sobre cómo y qué es mi trabajo. Es un intento literario de crear una historia autobiográfica, periodística y un relato novelístico de no ficción. Pero yo tampoco soy el foco de la imagen, aunque estoy en la fotografía, porque no creo que yo sea la mejor historia que estoy escribiendo. Soy un periodista haciendo periodismo sobre sí mismo y al mismo tiempo introduciendo en el marco las historias de la gente con la que me relaciono».

2. «Siempre seré un novato»

«Aunque tenga 80 años, siempre me he sentido como un novato, un recién llegado, un forastero. Y esa es una cualidad perfecta para un periodista. Estar ligeramente alejado de lo que ves e incluso de quién eres. Soy una persona fraccionada, compuesta por varias piezas que no siempre encajan. Por eso veo las cosas de manera diferente, algo que me ha ocurrido siempre».

3. «Ficción y no ficción, más cerca de lo que parece»

«La diferencia entre ficción y no ficción no es tan grande. Lo que los distingue y separa es que una tiene que decir la verdad y la otro puede imaginarla. Pero a veces, cuando imaginas la verdad, parece más cierta que cuando informas sobre algo tratando de mantenerte lo más próximo posible a la verdad. Por eso he intentado probar si puedo escribir historias que son verificables en términos de veracidad, pero que parezcan que han sido inventadas, imaginadas, fabricadas».

4. «Yo, narrador de historias»

«No me publicaban mucho, pero cuando era un chaval de 22 años escribía historias ciertas con nombres verdaderos. Por aquel entonces leía a Guy de Maupassant, Fitzgerald o Hemingway. Me preguntaba, ¿puedo escribir artículos que sean como relatos cortos? ¿Con nombres reales y diálogos que han sucedido? Así que en eso se convirtió en mi labor: tratar, como narrador de historias, de construir un puente sobre el vacío entre no ficción y ficción utilizando las herramientas del escritor de ficción, ya sea Gabriel García Márquez o Joyce Carol Oates.

Gay Talese, la palabra del dios del periodismo en diez frases (más o menos)

ALFAGUARA
Portada de «Vida de un escritor», de Gay Talese

5. «Traje al periodismo una mentalidad literaria»

«Un día, un editor del «New York Times» me envió a cubrir un incendio. Cuando llegué no había humo y los bomberos estaban enrollando sus mangueras. Había sido una falsa alarma. Lo que vi fueron dos edificios altos de apartamentos con todas las ventanas abiertas y los vecinos, asomados mirando a la calle, estaban hablando unos con otros. Como periodista me había quedado sin una historia, pero había visto otra. En una ciudad como Nueva York, la gente no habla con sus vecinos. En un barrio en el que hasta el momento los vecinos no eran cordiales, una preocupación común despierta esa amabilidad. Yo escribí esa historia y eso es periodismo creativo. Es periodismo porque no está inventado, pero también es como un relato breve. Esta es la mentalidad que traje al periodismo: la perspectiva de un escritor literario, de un escritor de relatos breves, interesado en la vida privada de personas ordinarias, comunes. Pero no inventando, sino informando».

6. «Presto atención a la gente ordinaria, porque yo soy ordinario»

«Presto atención a la gente ordinaria porque yo mismo soy ordinario. Mi padre no era el alcalde de la ciudad, el director de un centro universitario o el dueño de un periódico. Era un mero trabajador. Yo soy un mero trabajador. Mi perspectiva es la de un intruso, de un luchador, de un advenedizo, de alguien que procede de una clase inferior. Y creo que la gente más ordinaria también es interesante y se merece que se informe sobre ellos. A un periodista más tradicional solo le importa contar lo que hace la gente importante».

7. «Periodismo de clase alta»

«Hoy los periodistas no son gente ordinaria, normal y corriente. Han sido educados en las mismas universidades de elite que las personas que controlan el poder en el Gobierno, en Wall Street, en los think tanks. Los periodistas se mueven con ellos. Van a los mismos clubes, sus hijos van a las mismas clases, nadan en la misma piscina. Y por eso no se cuestionan los unos a los otros, porque están todos unidos».

8. «Los sinvergüenzas de Wall Street»

«Mire a los sinvergüenzas que tenemos en Wall Street. Nadie ha sido enjuiciado por la crisis de 2008, por haber causado la bancarrota entre la clase baja de este país. Ni uno de ellos ha ido a la cárcel. Si hubieran sido de la Mafia, hubieran ido a prisión para siempre. Pero ya lo dijo Mario Puzzo: «Un abogado con un maletín puede robar más que 100 hombres armados». Los periodistas deberían ofrecernos lo que el Gobierno no quiere que sepas, lo que los grupos de poder no quieren que sepas. Lo que algunos están tapando porque tienen el poder para taparlo. El periodismo no está penetrando este muro de silencio y este muro de traición, engaño y corrupción. El periodismo solía ser una fuerza contra la corrupción, pero ya no lo es. Los periodistas han perdido su sentido, su propósito».

9. «Sin pisar la calle no te enteras de nada»

«Los periodistas hoy son como pájaros intercambiando la misma semilla. Como palomas en la calle, todos comen lo mismo, beben de la misma fuente. Son alimentados por el Gobierno, organizaciones con sus intereses. Yo me mantuve y mantengo alejado de todo eso. Yo quiero ir al lugar de los hechos y ver a las peronas, verlas con mis propios ojos. Los periodistas dicen «no tenemos tiempo» y confían solo en sus correos, sus ordenadores y sus aparatos. No salen de su oficina para ver lo que sucede en la calle. Creemos que por leer algo en el ordenador y apretar un par de botones nos estamos enterando de lo que sucede en el mundo. Pero no te estás enterando de nada. Estás leyendo artículos que proceden de los ordenadores de otra gente como tú que también está sentada en una habitación con un ordenador. Si quieres escribir sobre una historia tienes que estar ahí».

10. «Un periodista tiene que estar harto, ser escéptico»

«Si los periodistas tradicionales no hacen algo por mejorar, se van a extinguir. Estamos perdiendo la especialización, la singularidad, el arte del periodismo. En otras palabras, la carrera de periodista va a acabar reducida a un puesto de administrador, como un secretario. Habrán perdido el oído, la pluma, el cerebro. El periodista tiene que ser testigo de la Historia. Y si no de la Historia, por lo menos de la actualidad. Los reporteros tienen que llevar la contraria y no pueden hacer eso sentados en una habitación apretando botones. ¡Salir a la calle! Y siempre deberían mantener el escepticismo. Un periodista tiene que estar harto, enfadado con la situación y reaccionar. No pueden ser tan pasivos».

via abc.es

La edad de las usurpaciones – EL PAÍS

EVA VÁZQUEZ

Vivimos en una época en la que se están llevando a cabo usurpaciones de los espacios sociales y las personalidades que invita a pensar.

Pondré para empezar el ejemplo de los cafés. La clase de establecimiento que aún llamamos café fue un invento de los fumadores del siglo XVIII, que se reunían en ellos para tomar café, por supuesto, pero sobre todo para fumar un buen puro o una buena pipa, lejos de las narices a las que ofendía el olor a trópico. Y así continuó siendo durante todo el siglo XIX (Baudelaire y Rimbaud sabían mucho de eso).

Pero ahora los no fumadores han conseguido arrojar a los fumadores de un espacio estrechamente vinculado al tabaquismo desde su origen, instaurando en ellos la prohibición de fumar. Como si prohibiesen bañarse en unas termas o narcotizarse en un fumadero de opio o conducir en una carretera o follar en un prostíbulo o rezar en una iglesia, desvirtuando el fundamento específico del lugar. Amén y sigo.

Las ferias de libros de nuestro tiempo también muestran otra forma de usurpación de lo más pintoresca. Si uno escucha la lista de nombres que expanden los altavoces de la Feria del Libro de Madrid, observa que casi todos son nombres de estrellas mediáticas o de otra naturaleza más o menos espuria, si bien de vez en cuando, y como por casualidad, aparece el nombre de algún escritor. De modo que podemos decir que actualmente la Feria del Libro es sobre todo la feria de los que escriben libros recurriendo a negros, que han colonizado la fiesta de la cultura como entrañables parásitos, usurpando un espacio que no les pertenecía, y en el que capean con más autoridad que Julio César en la Galias cuando dijo aquello de Vini, vidi, vinci.

Otro ejemplo de usurpación de espacio social es el que se está llevando a cabo en las mismas calles. La calle ha sido siempre en Occidente el espacio público por excelencia, y toda revolución y toda involución se han hecho fuertes o débiles sobre todo en las calles: lugares de todos y para todos por los que poder pasear, curiosear, sentarse… Sin embargo es observable como van desapareciendo los bancos de las calles y las plazas. Dicen que lo piden los comerciantes, entre otras corporaciones filantrópicas. Hay que consumir, y colocar bancos confortables en las aceras no incita al consumo. También son enemigos de esos bancos, antes tan numerosos, los dueños de establecimientos con terraza. Si quieres sentarte, paga y consume algo, que las calles ya no son lo que eran. Como detalle arcaico, en algunas calles de Madrid han colocado sillas aisladas, como patos perdidos en un inmenso garaje. Por ejemplo, en la calle Fuencarral han colocado dos o tres sillas, allí, en medio de la riada de transeúntes y la explosión de comercios. Nadie para mucho tiempo en ellas. Los que allí asientan sus posaderas se notan observados como monos de parque zoológico por los peatones que circulan en las dos direcciones y que los ahogan con sus cuerpos y sus alientos y sus pedos. También en Nueva York, en el centro de Times Square, han puesto algunas sillas. La gente aguanta en ellas como mucho cinco minutos. Te rodean por todas partes anuncios luminosos y transeúntes. Es como estar en el centro de un mandala sofocante. Ni puedes leer el periódico ni mantener con nadie una conversación razonable. Así que te largas de allí rápidamente, como quien se libra de un potro de tortura, y hasta entiendes por qué en Nueva York están prácticamente prohibidos los bancos callejeros.

García Márquez tendrá que cargar con la falsa carta que le convertía en un devoto cristiano

En líneas generales, casi todos los espacios sociales están siendo usurpados por las particularidades. Lo particular se impone a lo social ahogando toda posibilidad de reacción colectiva. Los cines eran espacios claramente sociales y asistir a ellos fue, en la edad de oro del cinematógrafo, una ceremonia social de bastante envergadura y que funcionaba como sistema de cohesión al ser generadora de muchos mitos, y los mitos sirven para cohesionar y crear tejido social, entre otras cosas. Ahora el cine se ve en casa, desde la cama o el sofá. Sigue habiendo cine, pero su antiguo espacio social se ha desvanecido. Asombrosamente, ver una película se ha convertido en un asunto individual. La cama y el sofá le han usurpado el cine su espacio social y ceremonial.

A la usurpación de espacios sociales se ha añadido, en los últimos tiempos, la usurpación de personalidades y la falsificación de identidades al por mayor. Una caso muy ilustrativo fue el de de la carta que García Márquez le dirigía a Dios cuando ya veía cercana su hora, y que circuló por Internet como Pedro por su casa. El texto es de una cursilería prácticamente infinita, y en ella vemos a Márquez convertido en un devoto cristiano que le habla con íntima pastosidad a Dios. Era como usurparle a Márquez su personalidad atea y laica. Algunos amigos del colegio que me han salido al encuentro de Facebook han alabado largamente esa carta tan emotiva y entrañable, tan llena de humildad cristiana. Hace tiempo hice algún esfuerzo por desbaratar, al menos ante ellos, esa mentira, pero ya vi que era una batalla perdida. Lo siento por García Márquez, que va a tener que cargar con una cruz que nadie se merece.

Otro buen ejemplo a ese respeto es el de la falsificación de la figura de Roberto Bolaño. En la historia de Bolaño que circula por ahí como un mithos, Bolaño figura como un alcohólico en México y como un heroinómano en Blanes. Fui amigo de Bolaño y puedo asegurar que ni probaba el alcohol ni ninguna otra droga blanda o dura, y los que lo conocieron en México aseguran que apenas si tomaba una cerveza de vez en cuando. Esa es la verdad, por más que se disgusten los amantes de las vidas malditas y peregrinas. Y diré algo más, a pesar de la enfermedad hepática que le seguía los pasos como cien espadas de Damocles con patas, era un hombre tremendamente feliz a ratos y no solo a ratos. En blogs dedicados a su figura, glosan su vida y su obra, y algunos acaban diciendo que, de todas formas, no envidian la vida de Bolaño, tan alcohólico, tan yonqui y tan tirado.

También con Bolaño me planteé desbaratar tantas mentiras, pero en mi última estancia en Nueva York me di cuenta de que se trataba una vez más de una batalla perdida. Allí el mito de Bolaño maltratado por las drogas es más duro que el granito, y está perfectamente asentado. Ya no creo que haya forma de matarlo, porque se puede matar a una persona pero no se puede matar un mito. Y la fábula de Bolaño que más triunfa es la de monje drogadicto y perdido en una oscura calle de Blanes a la que nunca llegaba la luz, como aquella de la canción de Lone Star de mi adolescencia.

El mito de un Roberto Bolaño maltratado por las drogas está más asentado que el granito

Para completar la función, otro espacio que está siendo usurpado, y que atañe paradójicamente a la personalidad y la individualidad, es el de la soledad en sí, donde la individualidad se hace fuerte y la imaginación se torna más musculosa, en parte porque la gente se ha acostumbrado a estar siempre conectada: necesita estarlo. De modo que te encuentras en una cita galante, hablando con un posible candidato a tu cama en un bar, y de pronto empieza a sonar el móvil: intromisión del otro, o de los otros en general, en un espacio antes más cerrado que una campana de cristal: el espacio de la seducción. También puede sonar el móvil en medio de un coito. Probablemente no contestes, pero eso no ha impedido que el otro o los otros interrumpan una ceremonia vinculada a la intimidad más soberana y animal, y más relacionada con los espacios cerrados y las sombras.

Es imposible escribir la historia del presente, si lo hiciéramos, empezaríamos a dudar de nuestra misma existencia. ¿No seremos como fantasmas luchando por distinguirse en medio de una maraña cada vez más densa de espacios usurpados y personalidades modificadas por la ley de la ficción fácil y truculenta? Yo juraría que sí y que ya todos danzamos alegremente en este carnaval que dura todo el año y que es algo así como la imagen de una nueva eternidad: la eternidad de los simulacros.

Jesús Ferrero es escritor.

 

Cinco preguntas sobre la «Red de tuiteros K» de Lanata

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De cómo el NYT inventó la cobertura de desastres tras el naufragio del Titanic – 233grados.com

NY Times 1912Hace casi un siglo Carr Vattel Van Anda, conocido en la redacción del New York Times como ‘Boss’, cubrió el inesperado naufragio del Titanic. Fue la primera cobertura de un desastre tal como la conocemos ahora.

Roy Peter Clark hace un completo recuento por los cambios que supuso aquel suceso para el periodismo actual.

En un trabajo publicado en Poynter, Clark destaca aquella jornada que transformó la forma de hacer periodismo. Un boletín que informaba de la colisión del Titanic con un iceberg. Nada sería igual.

“Van Anda olió el desastre y preparó a su tropa para la cobertura”, apunta Clark. A diferencia de los directores de otros diarios, el ‘Boss’ se preparó para lo peor. Preparó un completo paquete informativo para la primera edición: Imágenes del barco y su capitán, una lista de personajes famosos a bordo, relatos sobre las últimas colisiones con icebergs.

Meyer Berger describió en el libro ‘La historia del New York Times’ que si bien lo publicado en ese primer día era impresionante para la época, la historia recordará a Van Anda por lo que sucedió después, por ser el padre de “lo último en la cobertura noticiosa de desastres”.

Todos los reporteros disponibles fueron movilizados. Se sabía que el buque Carpathia llegaría al puerto de la ciudad con los supervivientes de la tragedia. Solo cuatro periodistas de cada diario podrían subir a bordo del trasatlántico. Van Anda sabía que solo disponía de tres horas para armar la primera edición del viernes que dedicaría casi en su totalidad al suceso. Necesitaba un plan:

– Alquiló toda una planta en un hotel cercano al puerto.

– Instaló cuatro teléfonos en el hotel que estaban conectados a la redacción del Times.

– Envió a 16 reporteros al puerto, a pesar de tener solo cuatro pases. Los reporteros que no tenían permiso para entrar en el Carpathia trabajaron en el muelle y se acercaron lo más posible a los supervivientes.

– Las piezas principales fueron asignadas a los cuatro reporteros con pases de prensa.

– Todos los periodistas debían regresar rápidamente al hotel para transmitir sus informes vía telefónica. Luego recibirían nuevas asignaciones.

Arthur Greaves, director de la sección de ciudad, asignó distintos trabajos a sus reporteros.

Uno de ellos se encargaría de escribir una historia sobre la llegada del Carpathia, otro haría una pieza sobre los arreglos de la llegada de los supervivientes. Tres reporteros buscarían testimonios de los supervivientes alojados en los hoteles cercanos. Un periodista se encargaría de cubrir la reacción de la multitud agrupada en el puerto y otro de cubrir a la Policía.

El Times también pudo hablar con Harold Bride, uno de los operadores de comunicaciones que trabajó en el rescate del Titanic. El resultado fue una edición histórica. De las 24 páginas del New York Times ese día, 15 fueron dedicadas al Titanic. Desde entonces todo cambió.

 

Simulacros – Futuro

Pablo Capanna

En 1989, cuando caía el Muro de Berlín y la URSS comenzaba a sentir los temblores de la cercana implosión, fue derrocado Ceaucescu. El líder rumano, hasta poco tiempo antes, había sido bien visto por las potencias occidentales y hasta ostentaba una condecoración argentina, otorgada por Perón.

Una sublevación popular en la ciudad de Timisoara fue duramente reprimida por el gobierno, y la indignación que provocaron las imágenes de la televisión aceleró la caída del régimen. Ceaucescu huyó, pero fue capturado y ejecutado, después de un juicio sumarísimo.

La masacre de Timisoara había volcado a la opinión pública a favor de la insurrección, especialmente cuando los rebeldes mostraron las fotos de una fosa común con más de treinta víctimas de la represión.

Con el tiempo se pudo comprobar que la historia de la fosa común había sido fraguada, usando cadáveres que procedían de la morgue forense. Nunca se supo quién había armado la sesión fotográfica, pero cabe sospechar que sería alguien con experiencia en los servicios de desinformación que acababa de pasarse de bando.

Fueron los soviéticos quienes inventaron el término dezinformatsia para endilgárselo a la prensa europea, aunque ellos fueron maestros a la hora de reescribir las noticias y “corregir” la historia reciente. Orwell se inspiró en sus prácticas a la hora de escribir 1984, cuando empleó a Weston en las tareas del revisionismo histórico permanente.

Lavrenti Beria, que bajo Stalin había gozado del mayor poder al frente de la policía secreta, fue sometido a juicio y condenado en 1953. Cuando esto se dio a conocer, el público ignoraba que ya hacía seis meses que Beria había sido ejecutado en secreto.

Beria había sucedido a Yezhov, quien estuvo al frente de la NKVD hasta 1938. Cuando Yezhov cayó en desgracia y fue ejecutado, se procedió a borrarlo de las fotos anteriores, en las cuales solía aparecer junto a Stalin.

Del mismo modo, cuando León Trotsky abandonó la URSS, su nombre desapareció de la historia oficial y su imagen fue eliminada de todas las fotos oficiales que registraban su presencia. Esta práctica también se dio en China cuando murió Mao Zedong, en 1976. Los miembros de la “banda de los cuatro”, que aún podían ser vistos en las fotos del funeral, unos días más tarde ya habían sido borrados, cuando aparecieron las revistas que daban la versión oficial de los hechos.

LA IMAGEN NO MIENTE

Se diría que el fraude fotográfico es tan antiguo como la fotografía. Durante la guerra de Crimea, un cronista añadió balas de cañón a una imagen del valle donde había sido diezmada la Brigada Ligera, para darle más dramatismo. En la misma época, un impostor le vendió a Conan Doyle fotos trucadas de dos niñas que compartían un picnic con hadas y gnomos.

Las dos fotos más famosas de la Segunda Guerra Mundial fueron posadas y retocadas. Aquella que muestra a unos soldados yanquis izando la bandera en Iwo Jima reemplazó a la original porque a alguien se le ocurrió que la bandera de verdad era demasiado chica. La foto rusa de la bandera roja ondeando en Berlín también fue corregida cuando los censores se dieron cuenta de que uno de los soldados tenía dos relojes pulsera, lo cual lo hacía sospechoso de haber estado saqueando.

La foto más famosa de todas, la que le sacó Robert Capa al miliciano de la Guerra Civil Española que cae bajo las balas franquistas, fue una de las más cuestionadas, pero acabó resistiendo a todas las sospechas y hoy es considerada auténtica.

Como tantas otras cosas, se les atribuye a los chinos la fórmula “la imagen no miente”. Aunque esto ni siquiera era válido para la pintura, que como cualquier forma de arte no deja de “mentir”. Pero fue la fotografía la que acabó con ese principio, aunque en realidad no es la cámara la que miente sino el fotógrafo o, mejor aún, el editor. A esta altura de las cosas no sólo cuenta con los recursos artesanales del falsario sino con el software de edición. No sólo se editan las imágenes sino también las palabras, que es posible volver a barajar para sacarlas de contexto y hacerles decir lo que el desinformador desea.

Mientras el truco fotográfico sea evidente y se lo use con fines humorísticos, es un recurso legítimo. Pero cuando se especula con el descuido del lector, que al hojear el diario no se detiene siquiera a analizar las noticias, y menos aún las imágenes, ya existe la intención de engañar.

Cualquiera se habrá cruzado con algunas fotos evidentemente trucadas que, sin embargo, no suelen provocar la reacción de los lectores, quizá resignados. A menudo, mediante recursos de edición digital, se multiplican dos o tres personas hasta hacer una multitud, como si fuera la película Gladiador, o se desdobla una imagen hasta hacerla simétrica, quizá por mero capricho estético.

Brian Springer, un aficionado norteamericano, produjo un curioso documental con motivo de la campaña electoral que enfrentó a Clinton con George Bush. Springer se pasó un año grabando las señales sin editar que subían de los estudios al satélite, que luego salían al aire una vez expurgadas y embellecidas, tal como aparecen en los noticieros.

El resultado fue la película Spin (1995), donde puede verse una colección de bloopers: maquillaje, comentarios cínicos fuera de cámara, la presencia de los asesores que enseñan cómo eludir las preguntas del público. Aparecen un par de desmayos presidenciales que fueron censurados, y se ve a Larry King recomendando medicamentos a los candidatos y a Barbara Bush actuando la misma escena para varios canales.

Lo más curioso es la desaparición, casi al estilo soviético, de Larry Agran, uno de los cuatro candidatos demócratas que perdió la interna con Clinton y abandonó la carrera presidencial. Entre otras audacias, prometía reducir el presupuesto militar, lo cual hizo que lo borraran de algunas fotos y lo silenciaran en los programas de TV. En la grabación de uno de ellos se lo oye protestar a los gritos mientras habla uno de sus rivales, poco antes de ser echado por la seguridad.

MAQUILLANDO LA NOTICIA

Es casi superfluo recordar la importancia del énfasis que se pone en las “buenas” y “malas” noticias, según se trate de distraer o de enardecer a la audiencia. Junto a los noticieros que destilan sangre, están aquellos que derraman ternura, esos que omiten ciertas noticias y aquellos que las inflan. No es raro que una catástrofe, debidamente explotada, sirva para relegar noticias indeseables a las últimas páginas, neutralizando su impacto. El 11 de septiembre de 2001, el jefe de prensa del gobierno británico escribió, en un e-mail privado: “Hoy es un gran día para enterrar cualquier mala noticia que tengamos para dar”. Tuvo que salir a pedir disculpas, pero no había hecho otra cosa que sincerar una práctica habitual.

El recurso más fácil para darle color a la noticia es el lenguaje. No es lo mismo decir que “estalló una revolución” o que “hubo un golpe”, hablar de “gobierno de salvación nacional” o “dictadura”, de “militantes” o “subversivos”.

La imagen que tenemos de la realidad es el producto de un consenso social. En una sociedad con distintos canales de información hay fuentes dominantes, pero pueden ser cotejadas con otras y con la experiencia personal. Pero, aun cuando exista un monopolio mediático, la información y el disenso circulan por otros canales, como muestra la reciente experiencia de Egipto, Libia o Siria.

La paradoja está en que, si bien nunca fue tan fácil el acceso a la información (por lo menos la de interés académico), los disparates que se dicen y escriben son tantos que constituyen un nuevo género. ¿Por qué razón, cuando basta un clic para corroborar una fecha o un nombre (para escribir este artículo debo haberlo hecho unas quince veces), más de uno se escuda en el escepticismo para justificar la pereza?

Hoy, cuando los que leen el diario ya son tildados de “intelectuales”, todos se sienten “conectados”, lo cual no significa “informados”. En los mensajes que circulan por las redes sociales abunda la opinión o el mero discurso ceremonial: “Llamaba para decirte que te dejé un mensaje para que me llamaras. Por cualquier cosa, llamame”. Opiniones tan fundadas como “me gustó” o “no lo soporto” parecen revivir aquellas categorías con que ironizaba Sabato hace ya varias generaciones: todo lo que no es “un opio” es “una monada”.

La navegación por la red de redes es casi tan azarosa como la de los mares, aunque no lo parezca. Si las viejas enciclopedias daban como garantía la autoridad de los profesores que las habían redactado, en la red se suelen encontrar múltiples versiones de lo mismo, copiadas, recortadas y pegadas como un palimpsesto. Nadie se hace responsable, como por lo menos lo hacía el editor en las viejas enciclopedias.

La lógica del hipertexto hace que un rumor que circula por alguna red parezca más válido cuanto más se repite, y hasta puede ocurrir que vuelva a su origen. La repetición reemplaza a la evidencia, que siempre es difícil de obtener, de modo que la saturación de fuentes provoca la misma pasividad que la fuente única de antaño.

SIMULANDO

Los teóricos posmodernistas franceses han insistido mucho en el tema de los simulacros, que ya habían explorado escritores como Philip K. Dick y J.G. Ballard.

Deleuze y Baudrillard, tras las huellas de Walter Benjamin, trazaron una suerte de historia del simulacro. Antes de que apareciera la fotografía, el arte imitaba a la naturaleza; se decía que Giotto había pintado una manzana tan realista que su maestro Cimabue había querido comérsela. Luego vino la era industrial y las técnicas de reproducción de la imagen, que comenzaron a borrar las fronteras entre el original y la copia. Hoy, en un mundo donde hay copias de todo, desde los falsos remedios hasta los políticos truchos, cuesta distinguir entre el Rolex verdadero o el de La Salada, entre el software legal y el pirateado.

La conclusión a que llegaban los teóricos franceses no era mucho más profunda que la que solía sacar Minguito, cuando remataba una frase con el famoso “se’ gual”. Hoy da lo mismo Don Bosco o la Mignon, Carnera o San Martín, la sinceridad o la hipocresía, la imagen y la personalidad, porque cuesta cada vez más reconocer a los simuladores. Claro que llevando el escepticismo al extremo se concluye que todos están autorizados a mentir y que no se le puede creer a nadie, lo cual haría decididamente imposible la vida en sociedad.

Una muestra la da el mismísimo Baudrillard, que como sus congéneres solía usar los conceptos científicos de manera sumamente poética. Es muy difícil saber a qué se refería cuando hablaba de cosas como la curvatura del espacio o el comportamiento cuántico. Una verdadera perla podemos encontrarla precisamente en su ensayo sobre los simulacros, que es de lectura obligatoria en casi todas partes. Baudrillard asegura que “de la división de una banda de Moebius resulta una espiral suplementaria en la que no queda resuelta la reversibilidad de las caras”.

Lo cierto es que le faltó aclarar que se trata de cortar la cinta a lo largo, porque si la cortamos por el ancho pierde sus propiedades. Pero si la cortamos a lo largo, obtendremos una sola cinta con dos vueltas o dos cintas diferentes enlazadas entre sí, según sean del mismo o distinto ancho, pero nunca “una espiral suplementaria”. Munido de plasticola y tijeras, usted mismo puede hacerlo. Si aún sigue dudando, no vacile en consultar a su topólogo de confianza.

Parecería que, en un mundo de simulacros, también abundan los sabios simulados, que simulan el saber aprovechándose de la desinformación de sus lectores.

 

Matt Groening Reveals the Location of the Real Springfield – Smithsonian Magazine

UPDATE: According to Entertainment Weekly, «The Simpsons» will make a reference to Springfield’s origins in the opening credits of this Sunday’s episode. Stay tuned.

Claudia De La Roca: So take us back to the Simpsons’ foundational moment. In 1987 you were waiting for a meeting with James Brooks and you started sketching. What were you thinking?

Matt Groening: I had been drawing my weekly comic strip, “Life in Hell,” for about five years when I got a call from Jim Brooks, who was developing “The Tracey Ullman Show” for the brand-new Fox network. He wanted me to come in and pitch an idea for doing little cartoons on that show. I soon realized that whatever I pitched would not be owned by me, but would be owned by Fox, so I decided to keep my rabbits in “Life in Hell” and come up with something new.

While I was waiting—I believe they kept me waiting for over an hour—I very quickly drew the Simpsons family. I basically drew my own family. My father’s name is Homer. My mother’s name is Margaret. I have a sister Lisa and another sister Maggie, so I drew all of them. I was going to name the main character Matt, but I didn’t think it would go over well in a pitch meeting, so I changed the name to Bart.

Bart. Why?
Back in high school I wrote a novel about a character named Bart Simpson. I thought it was a very unusual name for a kid at the time. I had this idea of an angry father yelling “Bart,” and Bart sounds kind of like bark—like a barking dog. I thought it would sound funny. In my novel, Bart was the son of Homer Simpson. I took that name from a minor character in the novel The Day of the Locust, by Nathanael West. Since Homer was my father’s name, and I thought Simpson was a funny name in that it had the word “simp” in it, which is short for “simpleton”—I just went with it.

Did your father contribute anything besides his first name?
My father was a really sharp cartoonist and filmmaker. He used to tape-record the family surreptitiously, either while we were driving around or at dinner, and in 1963 he and I made up a story about a brother and a sister, Lisa and Matt, having an adventure out in the woods with animals. I told it to my sister Lisa, and she in turn told it to my sister Maggie. My father recorded the telling of the story by Lisa to Maggie, and then he used it as the soundtrack to a movie. So the idea of dramatizing the family—Lisa, Maggie, Matt—I think was the inspiration for doing something kind of autobiographical with “The Simpsons.” There is an aspect of the psychodynamics of my family in which it makes sense that one of us grew up and made a cartoon out of the family and had it shown all over the world.

Any other commonalities between your father and Homer Simpson?
Only the love of ice cream. My dad didn’t even like doughnuts that much.

The name Homer has been wall-to-wall around you—your father, your son, Homer Simpson. What does the name mean to you?
My father was named after the poet Homer. My grandmother, his mother, was a voracious reader. She named one son Homer and another son Victor Hugo. It is this basic name, but I can’t separate the name Homer from The Iliad and The Odyssey and from Odysseus, even though Homer is the teller of the tale. I think of it as a very heroic name in that Homer, even though he is getting kicked in the butt by life, he is his own small hero.

OK, why do the Simpsons live in a town called Springfield? Isn’t that a little generic?
Springfield was named after Springfield, Oregon. The only reason is that when I was a kid, the TV show “Father Knows Best” took place in the town of Springfield, and I was thrilled because I imagined that it was the town next to Portland, my hometown. When I grew up, I realized it was just a fictitious name. I also figured out that Springfield was one of the most common names for a city in the U.S. In anticipation of the success of the show, I thought, “This will be cool; everyone will think it’s their Springfield.” And they do.

You’ve never said it was named after Springfield, Oregon, before, have you?
I don’t want to ruin it for people, you know? Whenever people say it’s Springfield, Ohio, or Springfield, Massachusetts, or Springfield, wherever, I always go, “Yup, that’s right.”

You’re on record as loving your hometown. Is it all love or is there a little love-hate?
I loved growing up in Portland, but I also took it for granted. Now, I look back and realize how idyllic a place it was. My family lived on a long, windy road on a little dead-end street called Evergreen Terrace—also the name of the street the Simpsons live on—and in order to visit any friends I had to walk at least a mile through the woods to get to their house.

But when I say idyllic, I mean the external circumstances of my childhood were pretty pleasant. That does not take into account that I was bored out of mind from the first day of first grade. Also, I was bullied. If you use certain words that can only be gotten by reading a book or two, that somehow enrages a certain kind of lug. When I was in fourth grade, these older kids surrounded me one day, and they told me they were going to beat me up after school. Knowing I was going to get beat up, I smashed one kid in the face as hard as I could, and then I got beaten up. The next day, all the kids were brought in to the school office, and they all had to apologize to me, and I just hated their guts.

Would you like to call them out by name now?
No. But maybe they are characters named after themselves on “The Simpsons.”

What did “home” mean to you growing up?
Home growing up meant certain rituals that seem to be lost these days, which is about a family being in the same place at the same time. At dinner we all sat down for dinner together. Unless I committed some type of infraction, and then I had to eat at the top of the basement stairs.

What do you think of Portland then and Portland now?
One thing that hasn’t changed is that people in Portland are in complete denial about how much it rains there.

Do you plan on moving back someday?
Yes. The only reason to live in Los Angeles, where I’ve been since the late ’70s, is if you have something to do with the entertainment industry. Everything you can experience in Los Angeles, you can have a much better version of in Portland—including, very basically, the air you breathe.

Does your mom still live in your childhood home? If not, when was the last time you visited it?
I visited my childhood home about two years ago. I was snapping a picture of it, and the owner came out and invited me in. It was pretty much as I remember it, except what was incredibly spacious to a little toddler now seemed so much smaller. The guy let me go down to my favorite place of terror, which was the basement. My father had a place where he developed film called “the dark room,” but to me that was all it was—the dark room. It was the scariest place in the house, and it gave me a lot of nightmares. I had to go back down and look at the dark room, and I realized that it was just a dusty—dark—cobwebbed little room in the corner of the basement.

What did your father do before he became a filmmaker?
He grew up on a Mennonite farm in Kansas, speaking only German until he went to school. My father then ended up as a bomber pilot flying a B-17 during World War II. After the war, he was a surfer, filmmaker and ardent amateur basketball player. He perfected a basketball shot that he could shoot—without looking—over his head and consistently make from the top of the key. He made that shot for 30 years.

What did he think of “The Simpsons”?
My father was very worried that I was going to starve in Hollywood. He didn’t like Hollywood and thought nothing good came out of a committee. He loved the show. He was really pleased with it. The only thing he said was that Homer could never, ever be mean to Marge. He said that was a rule, which corresponds with the way he treated my mother. He was very nice to her. I thought that was a good note. I don’t know if that is a rule that has ever been articulated to people who work on the show, but everyone just gets it.

Early on your focus shifted from Bart to Homer. When and why? Did it have anything to do with your own aging?
When the first 50 short cartoons were on “The Tracey Ullman Show,” the focus was on the relationship between Bart and Homer. The way I wrote them were Homer being angry and Bart being clueless little jerk, just driven in some weird way to cause trouble. I knew from the moment we decided to turn the shorts into a TV show that Homer was going to be the star. There are more consequences to him being an idiot.

Was anything affected by the writers’ aging?
The writers on the show have been there for years. It’s an addictive place to work, because if you’re interested in writing comedy, writing for “The Simpsons,” which has no notes from the network, and doesn’t have the constraints of a live action show—it’s just a great playground for comedy writers. Whatever they want to write about, the animators can draw it.

Has your son Homer ever created something with you as a character?
Will—he’s Homer only in legal documents—and his brother, Abe, have not done anything to me yet. That’s a ticking time bomb.

Would you be open to that?
Of course, turnabout is fair play. That would be great.

It has been famously said that you can’t go home again, but is “The Simpsons” a way for you to go home again, over and over?
I very early on named a lot of characters after streets in Portland. I thought it would be amusing for people in Portland to be driving past the alphabetically laid-out streets. There’s Flanders, Kearney, Lovejoy, mostly in Northwest Portland. My goal was to name every character after streets in Portland, but we were in a hurry so I dropped that idea.

In another way, is the show a way for you to never leave home?
There is that element for me, that means nothing to anyone else, but the fact that the characters are named after my own family, and Evergreen Terrace, and things like that—that’s just a treat for my family and me.

What kind of home have you created on “The Simpsons”?
As a cartoonist I feel like I’m the jester working with a lot of really smart writers and really talented animators. I think I make it safe for everyone else to be goofy because I’m willing to pitch the dumbest ideas.

So you make everyone else feel comfortable?
I think I make people feel comfortable because I’m willing to be a fool.

So does that make you the number-one fool?
(Laughs) No, I wouldn’t say that. There are plenty of fools. I just admit it.

How typical is the Simpsons’ home of an American home? How has it changed?
I think what’s different is that Marge doesn’t work. She’s a stay-at-home mother and housewife, and for the most parts these days both parents work. So I think that’s a little bit of a throwback. Very early on we had the Simpsons always struggling for money, and as the show has gone on over the years we’ve tried to come up with more surprising and inventive plots. We’ve pretty much lost that struggling for money that we started with just in order to do whatever crazy high jinks we could think of. I kind of miss that.

You’ve spoken of the “the contradictions not acknowledged” in the sitcoms you watched as a kid. What were those contradictions between TV life and life under your roof?
In TV in the ’50s and ’60s everyone seemed very repressed. Children were unnaturally polite. My favorite character was Eddie Haskell in “Leave It to Beaver. He was so polite but blatantly false in his pretending to be nice to adults—that appealed to me. In the ’70s, and from then on, sitcom banter got so mean and sour that I was baffled. I always thought that half the time someone would say something in a sitcom, and it seemed like the spouse’s response should be, “I want a divorce.” That was the logical reply.

But no one got a divorce back then.
I’m just saying I didn’t like the bland dialogue of most of the ’50s and ’60s, and I also didn’t like the sour arguing that passed for comedy in the ’70s and ’80s. So “The Simpsons” is sort of somewhere in between.

Beyond the topography of Portland and the names of your family members, did you borrow the sensibility of your hometown or your coming-of-age years for The Simpsons?
People in Portland, and generally in the Northwest, think of themselves as independent. Oregon has no sales tax, no major military installations. Portland has turned into an incredibly friendly community with great food, great architecture, great city planning and a lot of beauty. The biggest park in the United States within the city limits is in Portland.

Have you seen “Portlandia”? What do you think of it?
If you would have told me back when I was growing up that there would be a hip comedy show based on hipster life in Portland Oregon, I wouldn’t have believed it. I think it’s a very funny show. It’s very sweet.

How often do you go back to Portland?
I go back to Portland a few times a year. My first stop is always Powell’s Books. It’s the biggest bookstore that I know of. And then I visit my family.

 

Diálogo imaginario en la producción de Showmatch 2012

Ideas del Sur. Cuarto piso. Oficina de Marcelo Tinelli. Sentados, en silencio, esperan el Chato Prada y Hoppe. Llega Tinelli hablando con un tono meloso por su celular. Quince minutos después, corta.

Tinelli: ¿Cómo venimos?

Hoppe: ¡Bieen!

Tinelli: ¿Confirmó Baby?

Chato: No, dijo que te diga que de ninguna manera va a bailar con una delincuente.

Tinelli: Ofrecele más guita. ¿Aceptó algún ex-combatiente?

Hoppe: Apareció uno clase ‘63 que se salvó por pie plano, ¿califica?

Tinelli: ¿¡Pero vos sos pelotudo!? ¡Conseguime uno bien chapita! ¿Quiénes quedaron de las trolas?

Chato: Te traje el book para que elijas. Con resaltador, las que bailan bien bien. Y las otras son más quilomberas.

Hoppe: Volvió a llamar Fort…

Tinelli: Ya te dije que lo fletes.

Hoppe: Además de pagar, dice que acepta bailar con el fan de Wanda Nara.

Tinelli: Ah… interesante, decile que me llame.

Chato: Marce, estamos con problemas con los disca.

Tinelli: ¿Por?

Chato: el pibe de la silla de ruedas ya se cayó al piso tres veces.

Tinelli: ¿Pero se cayó mal?

Hoppe: No, tiene buena voluntad, se arrastra de nuevo a la silla y sigue bailando. ¡La lambada le sale bárbaro!

Tinelli: Eso garpa. ¿El sordo?

Chato: No entiende un carajo lo que le dice el coach. ¿Vos cómo vas con el lenguaje de señas?¿Estás practicando?

Tinelli: No, no me jodas, no tuve tiempo. Conseguime una intérprete y que traduzca. ¡O que baile con Araceli que en Nano hizo de muda!

Hoppe: No, Ara ya nos dijo ochenta veces que no. Con lo que gana en publicidad no necesita esto.

Chato: Y después está el temita de la chica con Síndrome de Down.

Tinelli: ¿La mongui? ¡No se olviden de conseguir la música de Corki para los momentos emotivos!

Chato: Sí, sí. El tema es que no baila muy bien. Tenemos que decidir qué va a hacer el jurado. ¿Te lo imaginás a Polino poniéndole un tres? ¡Nos comen crudos!

Tinelli: Que le pongan todos buenas notas. Si alguien se queja es un hijo de puta.

Hoppe: Se van a quejar los que bailan bien.

Tinelli: ¡Nah! quedan mal frente a la gente. Este año la mongui tiene que ganar.

Chato: ¿La vas a hacer bailar también en el caño y en el strip dance?

Tinelli: Obvio. ¡Me encanta esta onda de integrar a los marginados! Y si mide mal los rajamos rápido. ¡Total, con Santiago y Carmen en el jurado ya tenemos el año ganado!