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Lo que aprendí: Javier Darío Restrepo

Si accedes a ser director de un noticiero, nunca vas a dirigir el noticiero. Compromisos de toda clase cercan a un director; desde los compromisos con la gerencia, hasta los que plantean todos los poderosos de turno que se creen con derecho a ser acatados.

En la rutina del periodista todos los días son nuevos, ninguno se parece al otro.

El buen periodista siempre se está haciendo preguntas y no le cree a nadie.

Las nuevas generaciones de periodistas han cambiado de intereses. Los veo más universales y con una predisposición a la tolerancia. Esta es la enseñanza que he encontrado en ellos. Y caigamos en el lugar común: son más frescos.

La distancia que separa a los libros de estilo de la práctica cotidiana es la misma que separa a la utopía de la realidad. Son una utopía necesaria.

Características de alguien que aspire a ombudsman de un medio: independencia, independencia y más independencia.

Gracias a las sugerencias de los lectores del diario en el que soy ombudsman, gradualmente se le ha dado prioridad a la presunción de inocencia sobre el impulso de acusar y de hacer de los procesos judiciales, material para titulares de sensación. También se le está reconociendo a los acusados el derecho a expresar su punto de vista el día mismo en que se presenta la acusación.

Como ombudsman me autocriticaría no haber acercado más al lector a través de Consejos de Lectores. No lo hice en «El Tiempo», intento hacerlo en «El Colombiano».

La repercusión de mi trabajo la veo en pequeñas cosas: la orientación que se le da a una u otra noticia, alguna posición editorial, los tonos de las cartas que se reciben, algunas de especial agudeza crítica que antes no existía, expresiones de inconformidad razonada que no se solían dar a conocer, cosas así. No hay un medidor, como los termómetros, para saber si la temperatura sube o baja.

Me ha resultado de gran utilidad para la profesión el libro de Porfirio Barroso Asenjo: «Códigos deontológicos de los medios de comunicación». Recopila códigos de ética periodística de todo el mundo y me ha permitido conocer los valores éticos en que coinciden periodistas de todas las naciones. Libro imprescindible: el Diccionario de la Real Academia Española. Cuando no lo necesito, me creo la necesidad de consultarlo.

Me especialicé en la ética periodística por una coyuntura: me hicieron parte de una comisión encargada de presentar un proyecto de código de ética para el Círculo de Periodistas de Bogotá. Hasta ese momento tenía un conocimiento teórico de lo ético y solía dictar conferencias eruditas e incomprensibles, aún para mí. Desde entonces tuve mi cable a tierra que, con los años y el contacto con periodistas de todo el continente, ha echado raíces. Pienso que a los colegas les ha sucedido lo mismo que a mí: el interés por lo ético ha crecido a medida que ha dejado de ser una teoría y se ha convertido en una utopía personal.

Un periódico crea un marco propicio para un ejercicio ético de la profesión si es una buena empresa.

El periodismo ha sido pésimo como poder. Cuando asume ese papel, abandona el que le es sustancial: el de servir. Además incurre en la vulgaridad de los poderosos.

Cuando leo un diario me ilusiona sentir la tibieza de la historia recién horneada.

Como corresponsal de guerra aprendí a mirarle la cara a la guerra y a detestarla. Ante el dilema de qué debe hacer un periodista si hieren a alguien cerca suyo, si ayudarlo o cubrir la noticia, sostengo que hay que ayudarlo. No hay noticia tan valiosa que valga el sacrificio de una vida humana.

No he encontrado el momento de retirarme del periodismo. Y en unas semanas cumpliré setenta años (N. de la R.: la entrevista es de setiembre de 2002).

Si hay algo de lo que estoy seguro en esta profesión es de que nunca aburre.

(Entrevista: Diego Rottman para el Boletín de Periodismo.com Nº 55, de setiembre de 2002)