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La edad de las usurpaciones – EL PAÍS

EVA VÁZQUEZ

Vivimos en una época en la que se están llevando a cabo usurpaciones de los espacios sociales y las personalidades que invita a pensar.

Pondré para empezar el ejemplo de los cafés. La clase de establecimiento que aún llamamos café fue un invento de los fumadores del siglo XVIII, que se reunían en ellos para tomar café, por supuesto, pero sobre todo para fumar un buen puro o una buena pipa, lejos de las narices a las que ofendía el olor a trópico. Y así continuó siendo durante todo el siglo XIX (Baudelaire y Rimbaud sabían mucho de eso).

Pero ahora los no fumadores han conseguido arrojar a los fumadores de un espacio estrechamente vinculado al tabaquismo desde su origen, instaurando en ellos la prohibición de fumar. Como si prohibiesen bañarse en unas termas o narcotizarse en un fumadero de opio o conducir en una carretera o follar en un prostíbulo o rezar en una iglesia, desvirtuando el fundamento específico del lugar. Amén y sigo.

Las ferias de libros de nuestro tiempo también muestran otra forma de usurpación de lo más pintoresca. Si uno escucha la lista de nombres que expanden los altavoces de la Feria del Libro de Madrid, observa que casi todos son nombres de estrellas mediáticas o de otra naturaleza más o menos espuria, si bien de vez en cuando, y como por casualidad, aparece el nombre de algún escritor. De modo que podemos decir que actualmente la Feria del Libro es sobre todo la feria de los que escriben libros recurriendo a negros, que han colonizado la fiesta de la cultura como entrañables parásitos, usurpando un espacio que no les pertenecía, y en el que capean con más autoridad que Julio César en la Galias cuando dijo aquello de Vini, vidi, vinci.

Otro ejemplo de usurpación de espacio social es el que se está llevando a cabo en las mismas calles. La calle ha sido siempre en Occidente el espacio público por excelencia, y toda revolución y toda involución se han hecho fuertes o débiles sobre todo en las calles: lugares de todos y para todos por los que poder pasear, curiosear, sentarse… Sin embargo es observable como van desapareciendo los bancos de las calles y las plazas. Dicen que lo piden los comerciantes, entre otras corporaciones filantrópicas. Hay que consumir, y colocar bancos confortables en las aceras no incita al consumo. También son enemigos de esos bancos, antes tan numerosos, los dueños de establecimientos con terraza. Si quieres sentarte, paga y consume algo, que las calles ya no son lo que eran. Como detalle arcaico, en algunas calles de Madrid han colocado sillas aisladas, como patos perdidos en un inmenso garaje. Por ejemplo, en la calle Fuencarral han colocado dos o tres sillas, allí, en medio de la riada de transeúntes y la explosión de comercios. Nadie para mucho tiempo en ellas. Los que allí asientan sus posaderas se notan observados como monos de parque zoológico por los peatones que circulan en las dos direcciones y que los ahogan con sus cuerpos y sus alientos y sus pedos. También en Nueva York, en el centro de Times Square, han puesto algunas sillas. La gente aguanta en ellas como mucho cinco minutos. Te rodean por todas partes anuncios luminosos y transeúntes. Es como estar en el centro de un mandala sofocante. Ni puedes leer el periódico ni mantener con nadie una conversación razonable. Así que te largas de allí rápidamente, como quien se libra de un potro de tortura, y hasta entiendes por qué en Nueva York están prácticamente prohibidos los bancos callejeros.

García Márquez tendrá que cargar con la falsa carta que le convertía en un devoto cristiano

En líneas generales, casi todos los espacios sociales están siendo usurpados por las particularidades. Lo particular se impone a lo social ahogando toda posibilidad de reacción colectiva. Los cines eran espacios claramente sociales y asistir a ellos fue, en la edad de oro del cinematógrafo, una ceremonia social de bastante envergadura y que funcionaba como sistema de cohesión al ser generadora de muchos mitos, y los mitos sirven para cohesionar y crear tejido social, entre otras cosas. Ahora el cine se ve en casa, desde la cama o el sofá. Sigue habiendo cine, pero su antiguo espacio social se ha desvanecido. Asombrosamente, ver una película se ha convertido en un asunto individual. La cama y el sofá le han usurpado el cine su espacio social y ceremonial.

A la usurpación de espacios sociales se ha añadido, en los últimos tiempos, la usurpación de personalidades y la falsificación de identidades al por mayor. Una caso muy ilustrativo fue el de de la carta que García Márquez le dirigía a Dios cuando ya veía cercana su hora, y que circuló por Internet como Pedro por su casa. El texto es de una cursilería prácticamente infinita, y en ella vemos a Márquez convertido en un devoto cristiano que le habla con íntima pastosidad a Dios. Era como usurparle a Márquez su personalidad atea y laica. Algunos amigos del colegio que me han salido al encuentro de Facebook han alabado largamente esa carta tan emotiva y entrañable, tan llena de humildad cristiana. Hace tiempo hice algún esfuerzo por desbaratar, al menos ante ellos, esa mentira, pero ya vi que era una batalla perdida. Lo siento por García Márquez, que va a tener que cargar con una cruz que nadie se merece.

Otro buen ejemplo a ese respeto es el de la falsificación de la figura de Roberto Bolaño. En la historia de Bolaño que circula por ahí como un mithos, Bolaño figura como un alcohólico en México y como un heroinómano en Blanes. Fui amigo de Bolaño y puedo asegurar que ni probaba el alcohol ni ninguna otra droga blanda o dura, y los que lo conocieron en México aseguran que apenas si tomaba una cerveza de vez en cuando. Esa es la verdad, por más que se disgusten los amantes de las vidas malditas y peregrinas. Y diré algo más, a pesar de la enfermedad hepática que le seguía los pasos como cien espadas de Damocles con patas, era un hombre tremendamente feliz a ratos y no solo a ratos. En blogs dedicados a su figura, glosan su vida y su obra, y algunos acaban diciendo que, de todas formas, no envidian la vida de Bolaño, tan alcohólico, tan yonqui y tan tirado.

También con Bolaño me planteé desbaratar tantas mentiras, pero en mi última estancia en Nueva York me di cuenta de que se trataba una vez más de una batalla perdida. Allí el mito de Bolaño maltratado por las drogas es más duro que el granito, y está perfectamente asentado. Ya no creo que haya forma de matarlo, porque se puede matar a una persona pero no se puede matar un mito. Y la fábula de Bolaño que más triunfa es la de monje drogadicto y perdido en una oscura calle de Blanes a la que nunca llegaba la luz, como aquella de la canción de Lone Star de mi adolescencia.

El mito de un Roberto Bolaño maltratado por las drogas está más asentado que el granito

Para completar la función, otro espacio que está siendo usurpado, y que atañe paradójicamente a la personalidad y la individualidad, es el de la soledad en sí, donde la individualidad se hace fuerte y la imaginación se torna más musculosa, en parte porque la gente se ha acostumbrado a estar siempre conectada: necesita estarlo. De modo que te encuentras en una cita galante, hablando con un posible candidato a tu cama en un bar, y de pronto empieza a sonar el móvil: intromisión del otro, o de los otros en general, en un espacio antes más cerrado que una campana de cristal: el espacio de la seducción. También puede sonar el móvil en medio de un coito. Probablemente no contestes, pero eso no ha impedido que el otro o los otros interrumpan una ceremonia vinculada a la intimidad más soberana y animal, y más relacionada con los espacios cerrados y las sombras.

Es imposible escribir la historia del presente, si lo hiciéramos, empezaríamos a dudar de nuestra misma existencia. ¿No seremos como fantasmas luchando por distinguirse en medio de una maraña cada vez más densa de espacios usurpados y personalidades modificadas por la ley de la ficción fácil y truculenta? Yo juraría que sí y que ya todos danzamos alegremente en este carnaval que dura todo el año y que es algo así como la imagen de una nueva eternidad: la eternidad de los simulacros.

Jesús Ferrero es escritor.

 

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Cinco preguntas sobre la «Red de tuiteros K» de Lanata

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Adelanto revista MAD 514 – April 2012

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Los nuevos ídolos usan corbata

Esta es una vieja tapa de Brando:

Y este es el número de este mes:

Puestos a soñar, ¿quién de los dos les gustaría ser? ¿el canchero con el brazo tatuado andando en un descapotable que «hace todo lo que soñó de chico»? ¿O el nerd con corbata y clips en la cara que, acosado por los juicios, ahora «se pone serio»?

Lo interesante es que, Twitter mediante, las críticas ya no son más mensajes en una botella flotando en el mar. Nicolas Cassese, director de Brando, y Seba Zirpolo, autor de la nota, recogieron el guante y dieron a conocer su mirada sobre el asunto. Este fue el diálogo tuitero:

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Adelanto revista MAD 513 – February 2012

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Adelanto revista MAD 512 – Diciembre 2011

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De cómo el NYT inventó la cobertura de desastres tras el naufragio del Titanic – 233grados.com

NY Times 1912Hace casi un siglo Carr Vattel Van Anda, conocido en la redacción del New York Times como ‘Boss’, cubrió el inesperado naufragio del Titanic. Fue la primera cobertura de un desastre tal como la conocemos ahora.

Roy Peter Clark hace un completo recuento por los cambios que supuso aquel suceso para el periodismo actual.

En un trabajo publicado en Poynter, Clark destaca aquella jornada que transformó la forma de hacer periodismo. Un boletín que informaba de la colisión del Titanic con un iceberg. Nada sería igual.

“Van Anda olió el desastre y preparó a su tropa para la cobertura”, apunta Clark. A diferencia de los directores de otros diarios, el ‘Boss’ se preparó para lo peor. Preparó un completo paquete informativo para la primera edición: Imágenes del barco y su capitán, una lista de personajes famosos a bordo, relatos sobre las últimas colisiones con icebergs.

Meyer Berger describió en el libro ‘La historia del New York Times’ que si bien lo publicado en ese primer día era impresionante para la época, la historia recordará a Van Anda por lo que sucedió después, por ser el padre de “lo último en la cobertura noticiosa de desastres”.

Todos los reporteros disponibles fueron movilizados. Se sabía que el buque Carpathia llegaría al puerto de la ciudad con los supervivientes de la tragedia. Solo cuatro periodistas de cada diario podrían subir a bordo del trasatlántico. Van Anda sabía que solo disponía de tres horas para armar la primera edición del viernes que dedicaría casi en su totalidad al suceso. Necesitaba un plan:

– Alquiló toda una planta en un hotel cercano al puerto.

– Instaló cuatro teléfonos en el hotel que estaban conectados a la redacción del Times.

– Envió a 16 reporteros al puerto, a pesar de tener solo cuatro pases. Los reporteros que no tenían permiso para entrar en el Carpathia trabajaron en el muelle y se acercaron lo más posible a los supervivientes.

– Las piezas principales fueron asignadas a los cuatro reporteros con pases de prensa.

– Todos los periodistas debían regresar rápidamente al hotel para transmitir sus informes vía telefónica. Luego recibirían nuevas asignaciones.

Arthur Greaves, director de la sección de ciudad, asignó distintos trabajos a sus reporteros.

Uno de ellos se encargaría de escribir una historia sobre la llegada del Carpathia, otro haría una pieza sobre los arreglos de la llegada de los supervivientes. Tres reporteros buscarían testimonios de los supervivientes alojados en los hoteles cercanos. Un periodista se encargaría de cubrir la reacción de la multitud agrupada en el puerto y otro de cubrir a la Policía.

El Times también pudo hablar con Harold Bride, uno de los operadores de comunicaciones que trabajó en el rescate del Titanic. El resultado fue una edición histórica. De las 24 páginas del New York Times ese día, 15 fueron dedicadas al Titanic. Desde entonces todo cambió.

 

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Paradoja: leer más noticias no te hace más informado

Como venimos reseñando en este blog, la BBC año tras año difunde una misma noticia como si fuera nueva: la relación que existe entre limpieza dental y prevención de infartos.

Miren el resumen 2008 a 2011. El link en cada año lleva al artículo, vendido cada vez como novedoso.

2008 2009 2010

2011

En el post del último año arriesgué que en este 2012 volveríamos a ver la noticia. Me equivoqué. Miren lo que publicó la BBC hoy:

Que podría ser lo mismo que decir «no hay relación entre la procreación de pingüinos y la escasez de yerba», una no-ticia… si no hubieran existido cuatro notas durante cuatro años seguidos afirmando lo contrario. Lo que nos lleva a la paradoja de que el que leyó las cinco noticias está igual de informado que el que no leyó ninguna. Y el que leyó solo las cuatro primeras es el menos informado de los tres.

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Las 5 Ws del regreso de Lanata

¿Quién?

Cada vez que se hace una encuesta seria sobre quién es el periodista más conocido o creíble en Argentina, invariablemente Jorge Lanata encabeza los listados. Aparte, su figura interesa: cuando le hacen un reportaje, los medios online logran que esas notas figuren entre las más leídas y su regreso a la radio y a la tele, demuestran que también tiene rating.

En medio de la polarización política argentina, que se traslada en el periodismo a la dialéctica periodismo militante-periodismo independiente (en términos acuñados por cada uno de los bandos), Lanata decidió ubicarse en la vereda del periodismo independiente, lo que se traduce en una implacable crítica al kirchnerismo, similar a la que hacía en los ’90 con el menemismo. A diferencia de sus discípulos Ernesto Tenembaum y Marcelo Zlotogwiazda, que eligen ser menos tajantes. Esta postura le valió el repudio de muchos de sus otrora seguidores, ahora simpatizantes del gobierno o militantes oficialistas.

¿Dónde?

Entre sus declaraciones recurrentes está la que afirma que, pese a que lo echaron y se fue de varios lados, él nunca se va a morir de hambre. Dice «siempre puedo generar un programa en una radio trucha y tener audiencia». Sus últimos años en el cable parece confirmar esta teoría. Entonces, ¿por qué tenía que volver a la tv abierta? y ¿por qué en Canal 13?

Esta es la explicación que le dio a Clarín, parte del grupo que ahora lo contrata:

El otro día, un pibe me dice ‘¿Por qué laburás en el Grupo Clarín? Yo te seguí toda la vida, vos lo criticaste mucho y ahora estás acá’ . Y yo le dije ‘Depende de cómo uno lo vea. Te voy a decir cómo lo veo yo. Competí muchos años con Clarín . Es más, tuve grandes quilombos con Clarín.

No nos vendían papel… Yo critiqué lo de Papel Prensa y lo sigo criticando hoy. Pero en el caso de Papel Prensa es mucho mejor que sea privado a que sea estatal. Porque si el Estado reparte el papel como reparte la publicidad estamos perdidos… Le van a dar 10 páginas a La Nación y 4 mil a Tiempo argentino . Y con respecto al tema del monopolio, no estoy de acuerdo con que existan los monopolios. Ahora vos miralo desde mi lado: me pasé la vida tratando de que la prensa tradicional levantara nuestras notas. Antes tirábamos a la mitad del gabinete de (Carlos) Menem y nadie ponía una puta línea. Ahora yo estornudo y salgo en La Nación y tengo 40 mil clickeos (en Internet) . ¿Quién ganó? No sé, pero, por distintos motivos, en este momento tenemos coincidencia de intereses. Lo que me parece que tenés que preguntar es si hago un programa distinto hoy al que hubiera hecho hace 10 años. Y la respuesta es no.

Yo no lo vivo como que gané, ni como que perdí. Creo que la situación cambió y sé que voy a hacer acá el mismo programa que haría hoy en América. En realidad, mejor, porque tengo más producción. ¿Qué voy a decir? ¿Que no? Ni en pedo. ¿Por qué no voy a querer laburar en el segundo o primer canal del país? Sería un idiota.

Más llamativo es el caso del Grupo Clarín. Mientras dirigía Telefé, Gustavo Yankelevich se quejaba de que los únicos espacios sobre los que no tenía poder eran el noticiero y «Tiempo Nuevo», de Neustadt. Ahora su hijo acaba de deshacerse de CQC, lo único más o menos político que quedaba en la emisora. Distinto es el Canal 13 del Grupo Clarín que siempre derivó a TN sus envíos políticos, primero solo con «A dos voces», con Majul-Bonelli y luego sumando otras propuestas.

Hasta hace poco Lanata era invisible para las propiedades de Clarín. Desde hace unos meses tiene programa propio en tv abierta y radio y hace apariciones estelares en Clarín, TN, Telenoche y hasta Soñando por Bailar.

Por eso, la pregunta no es solo «¿Por qué Jorge Lanata estuvo nueve años sin presencia en la tv abierta?» sino, sobre todo, «¿Por qué Lanata vuelve justo ahora a la tv abierta y de la mano del grupo Clarín?»

¿Por qué?

Lo que ahora aparece como diferencias sutiles o, en términos que usó en otra oportunidad, «estar del lado del más débil» fue, a fines de los ’90, la causa de su salida de Página/12, diario que fundó y que abandonó cuando Clarín lo terminó comprando. Eso no es un rumor o me lo contaron, nos lo dijo él a Jorge Bernárdez y a mí cuando preparábamos su biografía para el libro «La rebeldía pop».

Mientras dirigió Crítica, Lanata siguió denunciando las distintas políticas de Clarín, especialmente en relación con Papel Prensa. ¿Por qué, entonces, el cambio, dejar los canales de Turner y transferir su credibilidad a las propiedades del grupo de medios que criticó toda su vida? ¿Solo por dinero? No cierra.

«En este momento tenemos coincidencia de intereses», dice Lanata en la nota de Clarín, sin que el periodista le repregunte en qué consistirían esas coicidencias. Pero igual, un 1% del sic de Lanata citando antes hubiera sido impensable que apareciera en Clarín hace apenas un par de años. Clarín y sus medios tuvieron que cambiar, a la fuerza de la guerra con el gobierno y, en mucha menor medida, del embate de los medios oficialistas de mayor llegada, como 678.

¿Cuándo?

Es que las verdaderas consecuencias de esta guerra se empezaron a ver recién en el último trimestre de 2011 cuando las acciones del Grupo Clarín SA, de buen rendimiento, se derrumbaron. Las ventas de su buque insignia, el diario, vienen cayendo desde hace seis años. El 13, sin Tinelli, perdió ante Telefé su breve liderazgo. Y Cablevisión, el corazón de su facturación, sigue en batalla judicial. Es decir, peleas con el Gobierno, pueden soportarse, pero no me toquen el bolsillo.

Me queda la sensación de que el Grupo Clarín necesita más de Lanata que Lanata del Grupo Clarín.

¿Qué?

Estos antecedentes no pueden obviarse para un análisis completo de lo que se vio en el primer programa de «Periodismo Para Todos» (PPT). Pero falta un elemento más. ¿Qué es hoy un programa político para la tv abierta? No es un programa como los que se ven en cable seguro, no puede ocuparse solamente de la política, tiene que apelar al impacto y al show a costa de simplificar algunos datos, tiene que tener ritmo, no puede ser solemne o formal, debe ser visual. Pero por sobre todo, debe tener rating y facturación.

¿Cómo?

Cuando analizamos el primer mes de Crítica, partimos de su afiche promocional. Vale la pena recordarlo:

El diario de Lanata se presentaba como la síntesis del resto de los diarios. Tal vez abrumado por la responsabilidad y con poca confianza en el género de periodismo político en tv abierta que lo hizo famoso, decidió que su programa sea la síntesis de todos sus programas previos. Y, de paso, sumó algunos más.

PPT (una sigla ya de por sí reciclada) es un collage de: Dia D, La Luna, sus monólogos del Maipo, sus documentales, CQC, La Cornisa, 678, Tato Bores, Michael Moore y, con el estúpido sketch con el imitador de Boudou, del viejo Showmatch.

En una nota algo envidiosa, ya Majul se ve venir esta falta de confianza y detecta elementos de su factoría, como las entrevistas a estrellas del espectáculo o los temas sociales.

Lanata parece decir: «sé que la política es aburrida y difícil de entender, yo se las voy a simplificar los máximo posible, por favor, no me cambien de canal que yo les hago el zapping acá adentro, les doy todos los programas en uno para que pasen una amena noche de domingo».

Si no es por esta falta de confianza en el género, no se entiende cómo es posible que esperara media hora para una introducción al Boudugate (introducción más radiofónica que televisiva, un pecado impensable en Lanata) y ¡42 minutos! tardó antes de dar a conocer la interesante nota con Piluso Schneider, el supuesto titular de The Old Fund.

Es lícito el planteo de «voy a ser Tato Bores, pero con información». Página/12 era información con titulares divertidos. En PPT la información fue por un lado y el humor por el otro. Y si algo siempre supo Tato Bores es saber que los guionistas son fundamentales para hacer humor político. Acá el humor fue entre fallido y patético.

Tampoco fue feliz la entrevista con Pergolini, que buscó condensar a la fuerza en pocos minutos un clima que Lanata lograba generar en una hora de charla, tanto en La Luna como en La Hora 25.

¿Y que decir del espacio de archivo, donde se mostró a un Víctor Hugo crítico del gobierno? ¿Que Lanata se la pasó criticando a 678 para terminar haciendo lo mismo y peor? ¿O que también se lo puede mostrar a Lanata en segmentos de archivo criticando al grupo Clarín?

No. Aunque busque rodearse de recetas exitosas, el éxito de Lanata está en su propuesta de siempre, el periodismo político de show: las denuncias de corrupción. Es lo que sus seguidores esperan de él. Y el Boudugate le cae como anillo al dedo. Muchos dicen que «el denuncismo» está pasado de moda. El rating que tuvo Lanata en su primer programa lo desmiente. Pero encontrar un Watergate por semana tiene dos riesgos:

1) hay que encontrarlo y
2) que la gente se termine aburriendo y haga zapping con Francella que, al menos por ahora, sigue siendo más gracioso que Lanata.

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Simulacros – Futuro

Pablo Capanna

En 1989, cuando caía el Muro de Berlín y la URSS comenzaba a sentir los temblores de la cercana implosión, fue derrocado Ceaucescu. El líder rumano, hasta poco tiempo antes, había sido bien visto por las potencias occidentales y hasta ostentaba una condecoración argentina, otorgada por Perón.

Una sublevación popular en la ciudad de Timisoara fue duramente reprimida por el gobierno, y la indignación que provocaron las imágenes de la televisión aceleró la caída del régimen. Ceaucescu huyó, pero fue capturado y ejecutado, después de un juicio sumarísimo.

La masacre de Timisoara había volcado a la opinión pública a favor de la insurrección, especialmente cuando los rebeldes mostraron las fotos de una fosa común con más de treinta víctimas de la represión.

Con el tiempo se pudo comprobar que la historia de la fosa común había sido fraguada, usando cadáveres que procedían de la morgue forense. Nunca se supo quién había armado la sesión fotográfica, pero cabe sospechar que sería alguien con experiencia en los servicios de desinformación que acababa de pasarse de bando.

Fueron los soviéticos quienes inventaron el término dezinformatsia para endilgárselo a la prensa europea, aunque ellos fueron maestros a la hora de reescribir las noticias y “corregir” la historia reciente. Orwell se inspiró en sus prácticas a la hora de escribir 1984, cuando empleó a Weston en las tareas del revisionismo histórico permanente.

Lavrenti Beria, que bajo Stalin había gozado del mayor poder al frente de la policía secreta, fue sometido a juicio y condenado en 1953. Cuando esto se dio a conocer, el público ignoraba que ya hacía seis meses que Beria había sido ejecutado en secreto.

Beria había sucedido a Yezhov, quien estuvo al frente de la NKVD hasta 1938. Cuando Yezhov cayó en desgracia y fue ejecutado, se procedió a borrarlo de las fotos anteriores, en las cuales solía aparecer junto a Stalin.

Del mismo modo, cuando León Trotsky abandonó la URSS, su nombre desapareció de la historia oficial y su imagen fue eliminada de todas las fotos oficiales que registraban su presencia. Esta práctica también se dio en China cuando murió Mao Zedong, en 1976. Los miembros de la “banda de los cuatro”, que aún podían ser vistos en las fotos del funeral, unos días más tarde ya habían sido borrados, cuando aparecieron las revistas que daban la versión oficial de los hechos.

LA IMAGEN NO MIENTE

Se diría que el fraude fotográfico es tan antiguo como la fotografía. Durante la guerra de Crimea, un cronista añadió balas de cañón a una imagen del valle donde había sido diezmada la Brigada Ligera, para darle más dramatismo. En la misma época, un impostor le vendió a Conan Doyle fotos trucadas de dos niñas que compartían un picnic con hadas y gnomos.

Las dos fotos más famosas de la Segunda Guerra Mundial fueron posadas y retocadas. Aquella que muestra a unos soldados yanquis izando la bandera en Iwo Jima reemplazó a la original porque a alguien se le ocurrió que la bandera de verdad era demasiado chica. La foto rusa de la bandera roja ondeando en Berlín también fue corregida cuando los censores se dieron cuenta de que uno de los soldados tenía dos relojes pulsera, lo cual lo hacía sospechoso de haber estado saqueando.

La foto más famosa de todas, la que le sacó Robert Capa al miliciano de la Guerra Civil Española que cae bajo las balas franquistas, fue una de las más cuestionadas, pero acabó resistiendo a todas las sospechas y hoy es considerada auténtica.

Como tantas otras cosas, se les atribuye a los chinos la fórmula “la imagen no miente”. Aunque esto ni siquiera era válido para la pintura, que como cualquier forma de arte no deja de “mentir”. Pero fue la fotografía la que acabó con ese principio, aunque en realidad no es la cámara la que miente sino el fotógrafo o, mejor aún, el editor. A esta altura de las cosas no sólo cuenta con los recursos artesanales del falsario sino con el software de edición. No sólo se editan las imágenes sino también las palabras, que es posible volver a barajar para sacarlas de contexto y hacerles decir lo que el desinformador desea.

Mientras el truco fotográfico sea evidente y se lo use con fines humorísticos, es un recurso legítimo. Pero cuando se especula con el descuido del lector, que al hojear el diario no se detiene siquiera a analizar las noticias, y menos aún las imágenes, ya existe la intención de engañar.

Cualquiera se habrá cruzado con algunas fotos evidentemente trucadas que, sin embargo, no suelen provocar la reacción de los lectores, quizá resignados. A menudo, mediante recursos de edición digital, se multiplican dos o tres personas hasta hacer una multitud, como si fuera la película Gladiador, o se desdobla una imagen hasta hacerla simétrica, quizá por mero capricho estético.

Brian Springer, un aficionado norteamericano, produjo un curioso documental con motivo de la campaña electoral que enfrentó a Clinton con George Bush. Springer se pasó un año grabando las señales sin editar que subían de los estudios al satélite, que luego salían al aire una vez expurgadas y embellecidas, tal como aparecen en los noticieros.

El resultado fue la película Spin (1995), donde puede verse una colección de bloopers: maquillaje, comentarios cínicos fuera de cámara, la presencia de los asesores que enseñan cómo eludir las preguntas del público. Aparecen un par de desmayos presidenciales que fueron censurados, y se ve a Larry King recomendando medicamentos a los candidatos y a Barbara Bush actuando la misma escena para varios canales.

Lo más curioso es la desaparición, casi al estilo soviético, de Larry Agran, uno de los cuatro candidatos demócratas que perdió la interna con Clinton y abandonó la carrera presidencial. Entre otras audacias, prometía reducir el presupuesto militar, lo cual hizo que lo borraran de algunas fotos y lo silenciaran en los programas de TV. En la grabación de uno de ellos se lo oye protestar a los gritos mientras habla uno de sus rivales, poco antes de ser echado por la seguridad.

MAQUILLANDO LA NOTICIA

Es casi superfluo recordar la importancia del énfasis que se pone en las “buenas” y “malas” noticias, según se trate de distraer o de enardecer a la audiencia. Junto a los noticieros que destilan sangre, están aquellos que derraman ternura, esos que omiten ciertas noticias y aquellos que las inflan. No es raro que una catástrofe, debidamente explotada, sirva para relegar noticias indeseables a las últimas páginas, neutralizando su impacto. El 11 de septiembre de 2001, el jefe de prensa del gobierno británico escribió, en un e-mail privado: “Hoy es un gran día para enterrar cualquier mala noticia que tengamos para dar”. Tuvo que salir a pedir disculpas, pero no había hecho otra cosa que sincerar una práctica habitual.

El recurso más fácil para darle color a la noticia es el lenguaje. No es lo mismo decir que “estalló una revolución” o que “hubo un golpe”, hablar de “gobierno de salvación nacional” o “dictadura”, de “militantes” o “subversivos”.

La imagen que tenemos de la realidad es el producto de un consenso social. En una sociedad con distintos canales de información hay fuentes dominantes, pero pueden ser cotejadas con otras y con la experiencia personal. Pero, aun cuando exista un monopolio mediático, la información y el disenso circulan por otros canales, como muestra la reciente experiencia de Egipto, Libia o Siria.

La paradoja está en que, si bien nunca fue tan fácil el acceso a la información (por lo menos la de interés académico), los disparates que se dicen y escriben son tantos que constituyen un nuevo género. ¿Por qué razón, cuando basta un clic para corroborar una fecha o un nombre (para escribir este artículo debo haberlo hecho unas quince veces), más de uno se escuda en el escepticismo para justificar la pereza?

Hoy, cuando los que leen el diario ya son tildados de “intelectuales”, todos se sienten “conectados”, lo cual no significa “informados”. En los mensajes que circulan por las redes sociales abunda la opinión o el mero discurso ceremonial: “Llamaba para decirte que te dejé un mensaje para que me llamaras. Por cualquier cosa, llamame”. Opiniones tan fundadas como “me gustó” o “no lo soporto” parecen revivir aquellas categorías con que ironizaba Sabato hace ya varias generaciones: todo lo que no es “un opio” es “una monada”.

La navegación por la red de redes es casi tan azarosa como la de los mares, aunque no lo parezca. Si las viejas enciclopedias daban como garantía la autoridad de los profesores que las habían redactado, en la red se suelen encontrar múltiples versiones de lo mismo, copiadas, recortadas y pegadas como un palimpsesto. Nadie se hace responsable, como por lo menos lo hacía el editor en las viejas enciclopedias.

La lógica del hipertexto hace que un rumor que circula por alguna red parezca más válido cuanto más se repite, y hasta puede ocurrir que vuelva a su origen. La repetición reemplaza a la evidencia, que siempre es difícil de obtener, de modo que la saturación de fuentes provoca la misma pasividad que la fuente única de antaño.

SIMULANDO

Los teóricos posmodernistas franceses han insistido mucho en el tema de los simulacros, que ya habían explorado escritores como Philip K. Dick y J.G. Ballard.

Deleuze y Baudrillard, tras las huellas de Walter Benjamin, trazaron una suerte de historia del simulacro. Antes de que apareciera la fotografía, el arte imitaba a la naturaleza; se decía que Giotto había pintado una manzana tan realista que su maestro Cimabue había querido comérsela. Luego vino la era industrial y las técnicas de reproducción de la imagen, que comenzaron a borrar las fronteras entre el original y la copia. Hoy, en un mundo donde hay copias de todo, desde los falsos remedios hasta los políticos truchos, cuesta distinguir entre el Rolex verdadero o el de La Salada, entre el software legal y el pirateado.

La conclusión a que llegaban los teóricos franceses no era mucho más profunda que la que solía sacar Minguito, cuando remataba una frase con el famoso “se’ gual”. Hoy da lo mismo Don Bosco o la Mignon, Carnera o San Martín, la sinceridad o la hipocresía, la imagen y la personalidad, porque cuesta cada vez más reconocer a los simuladores. Claro que llevando el escepticismo al extremo se concluye que todos están autorizados a mentir y que no se le puede creer a nadie, lo cual haría decididamente imposible la vida en sociedad.

Una muestra la da el mismísimo Baudrillard, que como sus congéneres solía usar los conceptos científicos de manera sumamente poética. Es muy difícil saber a qué se refería cuando hablaba de cosas como la curvatura del espacio o el comportamiento cuántico. Una verdadera perla podemos encontrarla precisamente en su ensayo sobre los simulacros, que es de lectura obligatoria en casi todas partes. Baudrillard asegura que “de la división de una banda de Moebius resulta una espiral suplementaria en la que no queda resuelta la reversibilidad de las caras”.

Lo cierto es que le faltó aclarar que se trata de cortar la cinta a lo largo, porque si la cortamos por el ancho pierde sus propiedades. Pero si la cortamos a lo largo, obtendremos una sola cinta con dos vueltas o dos cintas diferentes enlazadas entre sí, según sean del mismo o distinto ancho, pero nunca “una espiral suplementaria”. Munido de plasticola y tijeras, usted mismo puede hacerlo. Si aún sigue dudando, no vacile en consultar a su topólogo de confianza.

Parecería que, en un mundo de simulacros, también abundan los sabios simulados, que simulan el saber aprovechándose de la desinformación de sus lectores.